¿Por qué series?

Sucede con las series de televisión lo mismo que con la lectura; no puedes aficionarte de verdad a ella si el primer libro que cae en tus manos es “El Quijote” de Cervantes o “El aleph” de Borges. Lo más probable es que los encuentres aburridos o que los consideres una pérdida de tiempo. Pero quizá si lees primero otro tipo de novelas más comerciales -no tienen por qué ser malas, simplemente de una comprensión más fácil-, acabes apasionándote por la lectura y algún día puedas coger en tus manos una obra más compleja y exquisita de autores como Nabokov, García Márquez o Unamuno y sacarle un buen partido.

Con el cine ocurre algo parecido. Si estás acostumbrado a ver solo las películas que son éxitos en taquilla o clásicos de la programación televisiva lo más seguro es que si cae en tus manos una película “antigua” -por ejemplo, una de Ingmar Bergman- te preguntes cómo es posible que alguien pueda aguantar eso más de cinco minutos sin plantearse abandonarla cuanto antes. Será necesario, en la mayoría de los casos, ver mucho cine antes de poder disfrutar, entender y, sobre todo, elegir una obra de Bergman, Buñuel u otros tantos, superando así, además, el habitual pánico al blanco y negro. Y en ese momento ya podrás ser más exigente a la hora de ver una película y es muy probable que le saques mucho más provecho a su visionado.

Pues con una serie sucede algo similar. Al igual que con la lectura o el cine propiamente dicho, quizá un día te preocupes por buscar una buena obra y ya no te valga cualquier cosa. Y seguramente el haber visto 60 episodios de una buena serie te haya aportado mucho más que el equivalente en horas invertidas en programas de entretenimiento, “realities” y anuncios que tanta gente devora y que no hacen más que ensuciar el filtro por el que pasa todo aquello que vemos convirtiéndonos en consumidores voraces y sin criterio.

Lo que quiero decir con todo esto es que el valor artístico de una serie televisiva es tan comparable al de una película o al de un libro. Que cualquier obra literaria o cinematográfica de calidad comparte común denominador con una buena serie de televisión.

Y es el arte.