Crónica 17 Muestra Syfy. La Muestra de los perros muertos :(

bacauraumuestrasyfy17Después del mágico pistoletazo de salida de Onward, estamos listos para el maratón de 16 a 3 de la mañana. Las mochilas bien aprovisionadas de refrescos, galletitas, tuppers y más guarrerías, para sobrevivir como verdaderos preparacionistas. Nos encerramos en el cine cual búnker, la paranoia por la pandemia es real, un par de asistentes llevan mascarillas… Y los más optimistas, llevarán condones, sigue siendo la Muestra del amor. Pero no harán falta: si al terminar la Muestra la Humanidad ha perecido ante el coronavirus, habrá que repoblar la Tierra con genes frikazos. La naturaleza es sabia y se autorregula sola.

La tarde abre con el pase de The Pool, una producción tailandesa en la que un adiestrador de perros queda atrapado en una piscina olímpica abandonada, mientras se vacía. Con su mascota atada, sin escalera, teléfono móvil ni gente a su alrededor que lo ayude, The Pool es un drama de supervivencia a lo Náufrago urbano, siendo la periferia el nuevo desierto. El protagonista intentará escapar por todos los medios, enfrentándose a la construcción de mosaico, convertida en la jaula humana definitiva. Como si esto no fuera suficiente, la tragedia se acrecienta cuando un cocodrilo cae dentro de la piscina. A la necesidad de escapar se sumará la tensión a cada segundo de no ser devorado por la bestia. Una situación estrambótica que simboliza la esencia del film: The Pool fuerza eventos irrisorios para sobre dramatizar lo ya malo, la mala suerte siempre puede ser peor. Una estrategia de la exageración que produce el efecto contrario: el humor y la carcajada en ciertos momentos, y el mal gusto en otros. La credibilidad de los eventos está al filo de lo posible, sin llegar a romperse. Al igual que la habitual incoherencia de las decisiones de sus personajes. The Pool adolece también de contrastes en su ritmo, haciendo el cautiverio aburrido y eterno, y precipitando todo lo demás, en un ejercicio empático con su protagonista. Largos planos mirando al cielo, o a la nada. Un subtexto casi filosófico, decidiendo que cada momento es el final, rindiéndose y muriendo allí. Pero también hay cosas buenas que recompensan al espectador paciente: un cocodrilo CGI cuyos efectos no tienen nada que envidiar al tigre de La vida de pi, y un clímax que causa estupefacción por lo inaudito y sorpresivo que es, a la vez que traumático.

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A continuación en Blood quantum, un aislado pueblo americano se ve envuelto en un extraño suceso: los animales dejan de morir, y retornan como zombies. Esta enfermedad pronto se extiende a los humanos, los corpses atacarán violentamente a los ciudadanos por sus instintos caníbales. Un policía local investigará el asunto, creando un grupo de supervivientes. La crisis se volverá insostenible, y se verán obligados a huir y resguardarse en un refugio apocalíptico entre containers y vallas, a lo Walking Dead. Con un comienzo inquietante y prometedor, Blood quantum se va desinflando y rompiendo todas sus promesas. Es una película que camina arrastrando los pies, con desgana; obscura, aleja nuestros intentos de sumergirnos en ella. Trata de remediar esto con un giro en los acontecimientos de 180 grados, a la hora estamos viendo otra película, con otros personajes, pero desgraciadamente, no es mejor que la anterior. Blood quantum cuenta con escenas gores y efectos de vísceras muy logrados, pero no hacen honor a su título. Quien busque sangre en esta película saldrá terriblemente decepcionado, estas, y la acción, son trágicamente escasas. Como sello de identidad, se utilizan insertos de animación, escenas que sintetizan algunos sucesos. Pero esta decisión es un parche que desentona con la estética general, como si de ideas de un grupo de amigos metidas con calzador se tratase. Mil voces que no se ponen de acuerdo y lastran un producto sin rumbo. No me había dormido en un cine en mi vida, hasta hoy (que sea oscura el 90% del tiempo ayuda mucho).

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Como dice el refrán, a la tercera va la vencida. Synchronic es un drama de ciencia ficción, en el que una nueva droga, de nombre homónimo, hace al que la toma viajar en el tiempo. Cierto día, una chica desaparece dejando atrás un sobre gastado de esta droga, y su mejor amigo tratará de encontrarla, haciendo experimentos ingiriendo la sustancia, para seguirle la pista. Vendida como un DMT sintético, el alucinógeno más potente de la naturaleza, los creadores de la cinta se han documentado bien. Según el libro La molécula del espíritu, en ciertos casos, dos personas que consumen dimetiltriptamina a la vez, pueden tener un viaje psicodélico juntas, explorando los mismos paisajes mentales, en sincronía durante horas, y contrastar las visiones como un sueño compartido. Aventuras que pueden ser espeluznantes como vimos en Enter the void, tributo al DMT de Gaspar Noé. La película lleva este concepto al terreno temporal, pues las dimensiones oníricas o de realidades/dimensiones alternas pudieran ser muy extremas y confusas. El publicitar esta sustancia al gran público siempre será algo positivo para el despertar de la conciencia/new age, aunque en este caso se dulcifica hablando de una iteración inexistente. Los problemas en la proyección (los subtítulos viajan en el tiempo) no desmerecen la trama. Los experimentos del protagonista psiconauta dejan reflexiones muy interesantes sobre la conciencia, entroncando con temas como los viajes astrales, los espíritus y el alma. Synchronic es una suerte de Origen, con drogaína en la ecuación. Aunque no ser mala no implica ser buena.

Llega el turno de Bacurau. El pase de las 22 se consolida como el de los pesos pesados, la hora a la que más gente puede ir al cine, es donde programan los grandes éxitos. El cash es el cash. Si bien este año se percibe una afluencia menor, que más por pánico del virus, se explica fácilmente con el aumento del precio de las entradas a sesiones sueltas, que ha ido galopando de los 4 a los 7 eurazos. Ver tres películas supone la mitad del precio del bono. Lamentable.

Bacurau es una producción brasileña, en la que nos presenta la situación idílica de esta aldea, en mitad de la selva amazónica, y las relaciones de sus habitantes, casi familiares, filmado en un tono documental casi costumbrista. Su paz se ve interrumpida por unos visitantes y crímenes en los alrededores, y poco a poco son conscientes de la amenaza: una conspiración de occidentales para eliminar el pueblo y practicar caza mayor con ellos. Sin embargo, hay algunos guerrilleros bandidos en la zona que defenderán su hogar, y los pueblerinos defenderán sus vidas con uñas y dientes, convertidos en un híbrido de Los siete samuráis y el Puerto Hurraco brasileño.

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La gran virtud de la película es su mensaje anticolonialista, la denuncia del expolio a sus tierras, que evoluciona a la explotación de los humanos, no solo en materia sexual, sino ya deportiva, equiparando al latinoamericano a una bestia trofeo. Una metáfora de que siguen siendo esclavos de las metrópolis blancas, de sus capitales; una corrupción de la que sus políticos son cómplices, y hace un llamamiento a una nueva resistencia, una revolución para reestablecer el status quo. ¿Bolsonaro quema el Amazonas para hacer campos de cultivo para producir grano para los yanquis? Bolsonaro a la hoguera. Se desprende un nacionalismo, orgullo y cohesión del Brasil rural que ya nos gustaría tener aquí. La sensación de indefensión constante ante los invasores mantiene el suspense de la película, víctimas del sadismo, evocando la amenaza de situaciones como vimos en La purga. El ingenio de los aldeanos contra la tecnología y armas yanquis resultará en un duelo muy satisfactorio, que recuerda al Imperio contra los ewoks. Sin duda, la mejor de la jornada, con grandes dosis de acción, violencia tribal y decentes dosis de comedia negra.

Como curiosidad del día, es la tercera de cuatro películas en la que muere un perro, siendo estos los punching ball de esta jornada. Los manuales de guión te explican que debes salvar al gato, no quemarlo. Muy mal, los de Pacma lloran.

Y llega el broche de mierda con Shed of the Dead. Un friki vive en un cobertizo del jardín para no soportar a su esposa, y cuando estalla el apocalipsis zombie, trata de rescatarla junto a un amigo. Con un ritmo farragoso, un sentido del humor digno de pajilleros de 13 años (en realidad con un chaval de estos SÍ te echas unas risas con el Fortnite) y personajes nada carismáticos. De lo peor en años, incluso para la sesión golferas. Shed of the Dead nos manda a casa corriendo sin mirar atrás. Es mejor fingir no haberla visto jamás, como cuando te encuentras a tu ex en un bar y miras al horizonte para no saludar. Te ha jodido una vez, no dejes que haya una segunda. Olvídala. Contacto cero y gym. Sigue adelante. Onward.

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