#NocturnaMadrid2019 Crónica de la inauguración de la VII edición del Festival Nocturna Madrid

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Termina Octubre. Se acerca Halloween. Son horas de reactivar el terror y nuestro lado más gótico y oscuro. No hay mejor momento para el Nocturna, el festival de cine vuelve en su séptima edición. Anunciando el Día de los Muertos, Noctuna vuelve una y otra vez, y es que su vínculo a la magia y naturaleza de estas fechas en ineludible… En esta ocasión, con una apuesta más fuerte que nunca por el cine nacional.

La gran mayoría de cortometrajes seleccionados son de origen español, en un empeño de la organización por apostar por la cantera patria. Un apoyo de agradecer que deja grandes sorpresas, pero que en ocasiones deja entrever que la programación pudo ser más completa (honestamente, de mejor calidad) con mayor presencia internacional, y no termina de dejar un regusto amargo, a cierta injusticia, haciendo hueco a quien no merece el lugar. El nacionalismo y proteccionismo fílmico son una tendencia que ha llegado para quedarse.

No es el caso de la primera pieza, El cuento. En un apartamento, una madre vive hastiada de sus dos hijos, que se distraen solos, aunque son atemorizados por la presencia de una anciana vecina que les vigila desde la ventana… Para conciliar el sueño exigen un cuento, pero su narración termina siendo de lo más tétrico. Terror infantil, entre oscuridad, soledad, progenitores ausentes y la amenaza de lo sobrenatural. Con una fotografía tenebrosa, nos traslada a esa niñez en la que todo es posible, cuando nuestra imaginación y nuestros fantasmas son más reales que nunca, y no podemos alzar la vista de las sábanas. Un relato escalofriante y más que decente.

En la misma línea inquietante se mueve Equals, historia adaptada del manga de Umezawa por Santiago Taboada. Plasma de manera muy efectiva este proceso que se da en las parejas, en el que se van hibridando y convirtiendo en uno solo. Mismos hobbies, looks, amigos, coletillas… La disolución de la identidad, del ego y el espacio personal. ¿Quién no ha sentido quedarse vacío al romper, y darse cuenta de que ha olvidado cómo era originalmente antes de esa relación? Esencia que queda recogida aquí, además del rol de parásito emocional, esa persona que se alimenta y a base de admiración, copia a su amado, como si así lo homenajeara. Un viaje perturbador a la dinámica de estas relaciones tóxicas, que vistas desde fuera, seguro podemos extrapolar. Cuidado con las locas de Tinder, primer aviso.

Rock Paper and Scissors es el primer largometraje de la programación, una producción argentina sobre dos hermanos que viven en la casa familiar, y han pasado su vida cuidando a su padre entre penurias hasta que falleció. Una tercera hermana acudirá reclamando su herencia, sin importarle vender la casa y dejarles en la calle. Mientras se hospeda con ellos, sufrirá un accidente y pasará a su cuidado… Durante el que la martirizarán y someterán a tormentos cada vez más bizarros, alargando y evitando la liquidación de la herencia. Rock Paper and Scissors se alimenta del gusto sádico de someter a otros desde una situación de poder, de la que el espectador también va a disfrutar y ser partícipe. Todo ello auspiciado porque la locura de los raptores los convierte en personajes ciertamente adorables, y la avara víctima recibe un castigo justificado. Quizá pueda entrar en un nuevo subgénero, el de cuidador o nanny perverso, junto a las joyas ¿Qué fue de Baby Jane? o Misery. La locura, la desesperación y la impotencia conviven en este hogar/sanatorio argentino, que cuenta con algunas idas de olla brillantes y originales, llevando situaciones al límite de lo rocambolesco, con toques de escatología, incesto y humor negro para nuestra mofa y asombro.

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Respecto a la selección de pases, hemos optado por las películas candidatas a competición oficial, en detrimento de otras categorías “menores”, como Dark visions, Panorama, o clásicos de la Sala Berlanga. Así pues da comienzo la competición con 1 BR, presentada in situ por su director David Marmor. Un thriller psicológico en el que Sarah se independiza de casa de sus padres, y buscando un piso que alquilar, encuentra una urbanización idílica, con vecinos felices que se tratan como una familia. Huyendo del individualismo y soledad modernas, este ambiente la seduce, pero todo resulta en una pantomima para atraerla. Sus nuevos vecinos son miembros de una secta, que tratarán de adoctrinarla y convertirla a su culto, mediante técnicas de condicionamiento y lavados de cerebro varios. 1 BR es una reflexión muy interesante de cómo perdemos el timón de nuestras vidas en cuanto hacemos concesiones al sistema, haciendo lo que se supone debemos, lo que se espera de nosotros. Comenzar un trabajo, meternos en un alquiler, formar una familia, tener hijos, el american way of life, como si el guión de nuestras vidas estuviera escrito, y ciertas estructuras sociales nos abocan a ello, en una actitud paternalista, pues es lo mejor para nosotros, un destino de la humanidad, grabado a piedra, testado por generaciones. La película saca a la luz lo terrorífico de esta realidad cotidiana soterrada, el miedo a no vivir tu vida, a no decidir, cuando muchos parece que han olvidado ese derecho, sucumbiendo como zombies sistémicos. Y la urbanización como metáfora de la prisión, de la muerte en vida. Lo que es el objetivo vital de muchos, en realidad es algo de lo que huir. El dilema entre ceder y tener una existencia pacífica, aprobada por la visión de conjunto, o la hostilidad de explorar tu identidad y probar caminos alternativos, en una lucha perpetua con el entorno, rígido e inmutable. Nuestra vida predefinida es una secta de la que es muy difícil salir.

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Da comienzo la gala de inauguración con la presencia del director, Alejandro Ibáñez Nauta, hijo del insigne maestro del terror, Narciso Ibáñez Serrador, galardonado ya en Nocturna en 2017, y fallecido recientemente. Tras unas palabras de agradecimiento y de apertura del director del festival, el eterno Sergio Molina, y del invitado Alex Proyas, Alejandro, junto al equipo de su película Urubú, dedicó unas emotivas palabras a su padre, dedicando a él en definitiva su opera prima, formada por el cortometraje Reality en tándem con el film tropical, entre anécdotas divertidas de sufrimientos por la jungla de Brasil.

Reality cuenta la historia de un niño al que se le aparecen espíritus o cuerpos astrales de otros niños fallecidos  a través de su armario. Su madre, Lydia Bosch, vive angustiada cómo su hijo habla a la nada por las noches. Sorprende un elenco de primer nivel, en el que aparece también Dani Rovira, en un papel de consejero. Su presencia es algo forzada y le da una severidad al personaje que no termina de encajar. Sin hacer spoilers, la que parecía una buena premisa termina siendo prostituida al destaparse en forma de monólogo superficial a cámara como un anuncio panfletario de Save the Children, que más que resultar lacrimógeno o despertar nuestra piedad, hace aflorar un poco de vergüenza ajena.

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Decepción servida en combo junto a Urubú. En este esperado primer ejercicio, un fotógrafo viaja junto a su familia al Amazonas, en busca de la primera foto del urubú albino, un ave exótica avistada menos que un Pokémon legendario. A medida que se adentran en los espesores de la jungla, se ven envueltos en una trama de misteriosas desapariciones. Y es que una tribu de niños asalvajados vuduístas acecha. Entre bellas tomas de la selva y un comienzo emocionante digno de una expedición de Livingstone, hay sembrados algunos momentos de suspense. Sin embargo el film presenta problemas importantes, como su flagrante falta de originalidad. Efectivamente, nos encontramos ante un ¿Quién puede matar a un niño? 2, un homenaje que no se esconde en ningún momento, pues la propia película cita fragmentos de la original. Pero, ¿es la mejor forma de honrar repetir lo mismo, que ya era perfecto? ¿Fracasar donde tu maestro triunfó? ¿Enturbiar el nombre de un clásico intocable, con una secuela indigna? Porque realmente hay una falta de ritmo, una desgana en contar esto. Una dirección, una mirada de documentalista. Una recreación en un viaje carente de interés, un paseo de lentitud pasmosa, para restar minutos al verdadero salseo y al terror de esa amenaza, que se desvela demasiado tarde, y sin una verdadera tensión. La película es un eterno mcguffin que nunca llega (¿proyecto aquí una analogía de mis relaciones sexuales?), la banda sonora parece un copy paste de una librería de sonidos y suena a un añadido que nada tiene que ver con el tren emocional, ¡pues da más intensidad épica a cruzar un puente que al clímax de la película! E imperdonable resulta meter con calzador el mensaje moralista de la ONG de turno en apoyo a los niños, aprovechando el tema humanista para conseguir partners, mientras a esos mismos niños “víctimas” se los masacra y villaniza en el film. El mensaje que subyace es: ¿es que nadie piensa en los niños? Dona un euro ahora para víctimas de guerra. Eres responsable de su situación por ser occidental”. Pero a los niños hambrientos al borde de la pobreza extrema aquí, que les den. En fin la hipocresía.  Y los actores no terminan de transmitir, en un cóctel que de intento de película ha quedado en sentido homenaje. El festival satisface una deuda kármica con Chicho, pero nada más. Aunque no faltarán los palmeros que se llenen la boca con un apellido, Urubú es otra muestra de que el talento no se transmite por los genes, de que los hijos de famosos deben su reconocimiento a eso, pues no suelen tener su duende. Fue un intento digno, pero quizá el listón es inalcanzable, y supone una carga demasiado pesada ¿Pueden acaso Kiko Rivera o Isa P ser la nueva Pantoja?

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