“Los hermanos Sisters”: El Oeste como territorio moral

TSB01Como en tantas otras películas del oeste la historia gira en torno a un enfrentamiento aplazado, a un duelo final más que previsible, donde toda la tensión acumulada se resolverá con la habitual cuota de sangre. Pero a diferencia del cine clásico, que es un cine esencialmente moral, en este caso el protagonismo está en manos de los canallas, de los que han sido contratados para asesinar, y a los que desde el primer fotograma seguimos los pasos.

El problema de desarrollar una historia así es que en el inevitable encuentro final uno se descubre más encariñado con los malnacidos que con sus víctimas, por mucha justicia que las ampare. El espectador quiere que el mal no triunfe, porque, salvo perturbación mental, no busca eso cuando va al cine: quiere que el crimen no salga airoso, quiere que quien va dejando tras de sí un reguero de muertes pague por ello.

Son tiempos cínicos donde los criminales son más interesantes e incluso admirables que la gente honesta que se les enfrenta. O así se nos cuenta, pero en cualquier caso desde un punto de vista narrativo… tremendo dilema.

Para evitar ese desgarro entre lo que el espectador moralmente anhela y lo que sentimentalmente se le ha hecho desear, el director recurre a un par de elementos relativizadores, capaces de diluir el conflicto y permitirnos volver a casa sin esa desagradable sensación de mal cuerpo. No hay nada peor que dejar una sala de cine con la impresión de que el mundo es peor que cuando se entró en ella.

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En primer lugar está el humor. Los Coen, a los que Audiard incluso roba alguna secuencia, han creado escuela en eso de teñir de humor –negro, negrísimo en ocasiones– las escenas más crudas de sus películas. No es complicado, pero había que hacerlo y sacrificar en ello una parte de drama. Como sabe cualquiera que haya visto una pelea callejera, la violencia, privada de coreografía y de épica se queda en cosa bien ridícula.

El humor, presente en la novela de Patrick DeWitt, se filtra por todo el guión, unas veces de manera incruenta, como en esos diálogos punzantes entre los hermanos, otras a través del tono hilarante con que se nos presenta la brutalidad de un tiempo y un país en plena construcción.

En segundo lugar Audiard y Bidegain han escrito un guión que humaniza a los cuatro protagonistas, tanto a los dos perseguidos (perseguidores, a su vez, de una utopía) como a los asesinos de estrafalario apellido;  por un lado sirve para aumentar la tensión del encuentro final; por otro descarga la conciencia del espectador de favoritismos indeseables. Los hermanos Sisters (estupendos John C. Reilly y Joaquin Phoenix) pueden ser despiadados e implacables, pero leyendas aparte, son seres de carne y hueso, no sádicos de pantomima; en su deambular por tierras de Oregón nos vamos enterando de las cicatrices de su pasado, de su complicada relación fraterna, del peso de sus alforjas cargadas de miserias, deudas y sueños.

Los hermanos Sisters es lo que ha de ser una película del Oeste que quiera hoy en día ofrecer algo más que un homenaje a este tipo de cine. Aporta una narrativa moderna, más explícita y dotada de una mayor complejidad psicológica de los personajes, pero además sabe ser, guiños a John Ford aparte, respetuosa con los clásicos, tanto en su gusto por los exteriores, como en el uso de recursos propios del género: las ciudades en construcción, los colonos, los buscadores de oro, el saloon, el potentado sin escrúpulos. Respetuosa además porque gracias a un final tan chocante como comprensible recupera el territorio moral del que está hecho el Western.

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Los hermanos Sisters nos cuenta ese avanzar de cuatro personajes hacia el Oeste, hacia esa tierra de promisión, y lo hace con un tono agridulce. El Oeste de Los hermanos Sisters no deja de ser un entorno brutal, esa región sin ley a la que el cine nos tiene acostumbrados, donde dormir al raso puede significar no volver a despertarse, pero lejos de quedarse en esa imagen, la de la libérrima violencia, la película de Audiard deja un chispazo de esperanza; se trata de una voz cargada de ingenuidad e inocencia, pero también de convicción y sinceridad,  sus palabras son capaces de hacer dudar a ciertos hombres de que forjar su destino no siempre es una tarea que se lleve a cabo a tiro limpio. El Oeste (nos viene a decir) también está hecho de esperanzas, algunas tan poderosas como un colt.

“Lo que tenemos que hacer es acabar de una vez por todas con esta barbarie, con toda esta violencia y buscar una solución, inventando una nueva sociedad, una sociedad en al que las relaciones entre los hombres estén regidas por el respeto y por la ausencia de beneficio, es decir una sociedad sin codicia.”

Como si el que hablara fuese James Stewart de El hombre que mató a Liberty Valance.

Parte de la extraña melancolía del relato, que no deja de ser una historia de sueños truncados, de culpas y redenciones,  proviene de un guión construido a partir de diálogos que enfrentan la fraternidad de la sangre a esa otra que procede de la amistad entre hombres. También tiene parte de culpa la propia poesía del paisaje (fue rodada en Almería, el norte de Navarra y Aragón) así como de la banda sonora de Alexandre Desplat. El resto hay que agradecérselo a unas interpretaciones sobresalientes (a los citados Phoenix y Reilly hay que añadir un Gyllenhaal que convierte en oro todo lo que rueda, y un Riz Hamed idóneo en el papel del ingenuo idealista que anuncia en el pozo de las fieras la llegada del nuevo orden). Son todos ellos actores en estado de gracia que logran con cuatro momentos y un puñado de diálogos construir perfectamente unos personajes y el entresijo de sus relaciones.

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Jacques Audiard es uno de los directores más interesantes del panorama actual. En 2005 anunció con su cuarto film, (De battre mon coeur s’est arrêté) ese gusto por enfrentar al espectador al reto de comprender y aceptar personajes turbadores, cuando no despreciables, cosa que quedó patente en su mejor obra por el momento: Un prophète , un ensayo sin concesiones sobre la construcción del yo a partir de la violencia. Con The Sisters Brothers Audiard ha da un paso más y traslada esta disyuntiva tan desasosegante para el espectador a los grandes espacios del cine, donde la historia y los horizontes por descubrir confluyen a lomos de un caballo.

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