“A serious game”: desmayarse, atreverse, estar furioso, áspero, tierno, liberal, esquivo

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Una de las metas del cine, quiero decir: de acudir todavía a una sala de cine y olvidarse durante dos horas del mundo, es emocionarse. No es cosa fácil, el cinismo de estos tiempos por un lado y la mojigatería ambiental por otro han convertido los sentimientos sinceros en una especie en vías de extinción, perseguida sin cuartel o exhibida en formato digital para su escarnio; O se la rebaja impunemente como algo pasado de moda o, peor aún, se la tiñe de una cursilería espantosa, como esas fotos pasadas por photoshop en que se trata de embellecer lo que ya es bello, hasta convertirlo en un adefesio ridículo.

Por suerte aún quedamos unos pocos que seguimos creyendo que ese “no hallar fuera del bien, centro y reposo”,  como lo definió Lope, es una de las pocas cosas por las que merece la pena echarse a perder. Y por suerte queda gente como Pernilla August que se coloca tras la cámara y nos sabe decir que sí, que es verdad, que hay pasiones más allá de toda consideración, que nada tienen que ver con las decisiones humanas, con los cálculos, con lo que está bien o mal, con lo que nos conviene.

Un juego serio es el título de la novela más conocida de Hjalmar Söderberg, autor sueco conocidísimo en su país, donde es lectura obligada en las escuelas. Como si hablásemos en España de Galdós y de Fortunata y Jacinta. La obra fue escrita en 1912 y narra una historia de amor guadianesca y fatalista en la que lo aparentemente leve se desescombra de convenciones y miedos hasta acabar por revelarse como una fuerza irrefrenable para placer y desgracia de sus protagonistas. Esta es la tercera vez que se lleva al cine tras Den allvarsamma leken (1945) y Games of Love and Loneliness (1977).

La propia directora y la guionista danesa Lone Scherfig (la misma que dirigió hace ya una década esa otra lindura de película que es An Education)  hacen con la novela de Söderberg un trabajo de adaptación de una concisión, honestidad y delicadeza ejemplares. En el cine, como ocurre en la vida, para hablar de lo esencial lo que sobra son las palabras, basta, como narrador, con saber observar, recoger y mostrar los pequeños gestos que forman el lenguaje secreto de los amantes: esos dedos que se rozan por casualidad y acaban entrelazados, esa mirada que busca la mirada del otro en una confesión que es al mismo tiempo un anhelo de respuestas, ese ansia por acortar los espacios, por suprimir todo aire entre un cuerpo y otro, ese abandono incondicional a la presencia del otro, como una quiebra de las razones, insensata y  prodigiosa.

La cámara de Pernille August recoge con una fotografía precisa los momentos esenciales de esta historia, tan hermosa como trágica, en la que dos seres desamparados se encuentran, se reconocen el uno en el otro, pero son incapaces de hacer de eso una vida en común, como si la realidad, en el día a día, en ese desgaste de lo cotidiano, fuera demasiado mezquina para permitir en su comunidad la existencia de algo tan puro.

Las vueltas y revueltas que narra Un juego serio eran materia común en su época, y comparte con otras novelas contemporáneas ese tono desventurado y frágil de los amantes frente a la carga de las convenciones sociales. De ese periodo que abarca el final del siglo XIX y el comienzo del XX  son los mejores relatos que ha dado la literatura sobre la fatalidad de las pasiones, la mayoría llevados al cine con buen tiento. Me refiero a novelas de autores como Henry James (Las alas de la paloma , 1902  la última adaptación de Ian Softley, 1997, y Washington square,1881, adaptada por Agnieszka Holland en 1997) o Edith Wharton (La edad de la Inocencia, 1920, adaptación de Martin Scorsese en 1993 y Ethan Frome, 1911, adaptada por John Philip Madden en 1993).

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Es significativo que todas estas historias presenten a personajes masculinos frágiles, indecisos y que por lo general arruinan sus vidas con existencias mediocres tras renunciar o verse obligados a hacerlo a aquello que realmente los hace sentirse vivos. Las protagonistas, por contra, muestran rasgos de una voluntad mucho más fuerte e independiente aun a riesgo de su reputación. Eran tiempos de sufragismo militante y eso quedaba reflejado en la literatura.

Un juego Serio no es una excepción y el personaje de Arvid, el periodista que trata de hacerse un nombre en la capital, se nos presenta desde las primeras escenas como un ser cohibido, en estado de renuncia, incapaz de sobreponerse por sí solo a las dificultades, mientras que Lydia, la pintora, es el retrato de un espíritu libre que en todo momento toma la iniciativa de la relación.  No es tan común, sin embargo, la atención que presta la directora a los personajes secundarios, que no suelen pasar en este tipo de películas de ser mero decorado, desempeñando el papel bien de confidentes bien de obstáculos a la relación. Se desprende una humanidad tierna, que desconozco si está en la novela original, por las víctimas inocentes de esta pasión desatada. Hay un plano precioso, detenido en el perfil de Liv Mjönes, que tiene algo de cercanía al desequilibrio, y que refleja toda la angustia de esa esposa que, sin querer saberlo, sabe.

La película está llena de momentos atinados, de los que logra un director, unos actores y unos técnicos en un particular estado de gracia; son sobre todo secuencias que recogen con cariño los encuentros ocasionales de los amantes, unas veces de una frescura infantil, otras casi violentos, y la mayoría como una condensación visual de la felicidad, reflejo de esa placidez que sólo es capaz de proporcionar la plenitud. Como esa escena en la cabaña junto al lago que parece un guiño a doctor Zhivago, en la que, refugiados del ruido del mundo, Arvid lee un libro, Lydia pinta una acuarela y ambos juegan a ser una pareja.

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Pero una cosa es contar con una buena historia y otra cohesionar un equipo para que su adaptación a la pantalla salga redonda. Existe un factor de voluntad y talento y otro poco de suerte para que esa maquinaria tan compleja que es el cine haga marchar todos sus engranajes al compás. Por eso no está de más reconocer a cuantos hacen posible estos pequeños milagros.

Ya me he referido al guión, concentrado en lo esencial, algo poco habitual en el cine de época, que es casi por definición perezoso y reiterativo. Aquí, sin necesidad de experimentos narrativos, permite contar paso a paso el origen, desarrollo y ruina de un sentimiento, sin subrayados ni teatralidad. Me refiero también a la fotografía, que parece acariciar a los personajes, que, sin empalagar, retrata con elegancia la época y el escenario. Me refiero a los protagonistas, esa Karin Franz Körlof, que sabe componer con naturalidad todo el atractivo del personaje, en lo que tiene de sueño de libertad y de arrebatado deseo. O a Sverrir Gudnason como un Arvid comido por las dudas, torpe y arrastrado por ese sentimiento confuso y tiránico que no acaba bien de entender. Me refiero, por supuesto, a la banda sonora, un elemento muy importante en películas de este tipo, que tratan de recrear tanto un periodo histórico como un periodo de excepción en lo personal, como es el hecho de estar enamorado. En este sentido la música de Matti Bye funciona como un reloj al crear un leit motiv conmovedor, nostálgico y triste, que se repite como el ir y venir de esos atribulados amantes por las calles de Estocolmo.

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