Comedia y drama en el ecuador del Festival de Cine Europeo de Yangón

felices140

La jornada española estuvo representada por Felices 140, de Gracia Querejeta. Ligerísima comedia en torno a la importancia del dinero, la mezquindad humana y la endeblez de ciertas amistades, es decir nada que no sepa ya uno sin necesidad de tener que ir al cine.

Felices 140 (Gracia Querejeta, España, 2015)

Durante la primera mitad de la película el guión transcurre entre convenciones y chistes más o menos graciosos, en un intercambio de andanadas dialécticas entre los diversos personajes a los que se supone un cierto grado de amistad, consanguinidad o parentesco político. Ese tipo de frase y réplica que tanto gusta en la comedia española y que tan difícil es de bordar.

Todo ocurre en el ambiente relajado y leve de un fin de semana, en un casoplón de ensueño y entre colegas que se quieren y se odian a partes iguales, hasta que tras un giro inesperado, el cinismo se desborda, sin que por ello la historia tome nuevos bríos y compense la endeblez de la propuesta inicial que es la de siempre: todos tenemos un precio.

El público presente en la sala estaba compuesto en su mayor parte por nativos del lugar y extranjeros. Españoles éramos cuatro gatos, y no diré mal avenidos, pero nos mirábamos con ese recelo tan ibérico del “¿Y ese, de donde habrá salido?”. Por eso tal vez las risas se sucedían sin orden ni concierto. Entiendo que el humor es materia íntima y que acertar a compartirla es complicado, sólo hay que tener Twitter para darse cuenta de ello, pero me daba en la nariz que tanta carcajada por chistes sin gracia eran más fruto de un prejuicio que de una auténtica comprensión del humor mostrado en la pantalla. No nos engañemos: un guiri acude condicionado a ver una comedia española. Espera folklore, carácter y pasión. Espera tacos y hablar con la boca llena. Espera teta y vinazo. Como cuando uno acude a ver una peli francesa y espera ver editores, matrimonios aburridos y adolescentes insoportables que fuman mucho.

Lo mejor, las interpretaciones de parte del elenco y el respeto por nuestro género tradicional: la tragicomedia. Lo peor las interpretaciones de la otra parte del elenco y el escaso peso de los personajes, caricaturas que en ningún momento trascienden de meros clichés. Lo peor, con diferencia, una escena que no se cree nadie: que un grupo de amigos españoles en torno a los 40 años se pongan a cantar (¡y a saber perfectamente la letra!) el Money Money de Cabaret.

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El orden divino (Petra Biondina Volpe, Suiza, 2017)

La historia es de esas que te dejan unos segundos aturdido: ¿Que en Suiza, ejemplo de prosperidad económica y sosiego político, las mujeres no pudieron votar hasta 1971? ¿Estamos tontos o qué?

Pues sí, y en algunos cantones no tuvieron ese derecho hasta 1991, y esto gracias a un decreto judicial, porque al tener que decidirlo los hombres del lugar, y al tratarse al parecer de una reserva natural de australopitecos del subgénero imbécil alpino, la votación salía una y otra vez a favor de mantenerse socialmente gilipollas.

Con una historia así, mala leche, un enfoque original y un sensato alejamiento de cualquier postureo bienquedista hubiera resultado una película notable. Pero claro estamos pidiendo mucho, estamos pidiendo que la dirija un marciano al que se la traiga floja que el resto del planeta le palmee o no la espalda en señal de aprobación. Los tiempos son los que corren y en lugar de meter el dedo en la llaga de una sociedad hipócrita y montarse algo realmente emocionante, la directora, Petra Biondina Volpe, prefiere tomar el camino facilón de la comedia, con guiños al feminismo y a la liberación sexual, todos ellos de una cursilería espantosa, y dejarnos con las ganas. Repito: son los tiempos que corren. Hoy en día, con el guión de Espartaco harían un divertido musical gay que sería trending topic a los cinco minutos del estreno.

El problema de tratar un asunto tan grave con esa ligereza es que el problema deja de parecernos tal problema y el resultado de la historia nos importa un pimiento. Que un grupo de mujeres puteadas en villorrios perdidos en la montaña Suiza decidan plantarse se resuelve con una moñez de camas compartidas y charlas a la luz de las velas; que una mujer anulada por el miserable ambiente familiar decida mandarlo todo a tomar por culo se resuelve con una visita a la peluquería y un cambio de peinado; que parte del problema estuviera en la mentalidad de las propias mujeres se resuelve con un personaje ridículo desde su primera aparición, una especie de reencarnación en carne y hueso de la señorita Rottenmeier.

Y así transcurre la película hasta el bostezo final.

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Little Wing (Selma Vilhunen, Finlandia 2016)

La película queda resumida en una escena: Una niña cumple doce años y su madre se olvida totalmente del asunto. Cuando días mas tarde cae en la cuenta rompe a llorar y es la hija la que tiene que consolar a ese desastre de madre y recordarle que tampoco tiene tanta importancia.
Hay infancias que están jodidas desde el mismo nacimiento, y eso sin llegar a situaciones escabrosas de abusos o malos tratos, basta que se desnorte al crío, que se le deje sin un referente moral que oriente sus pasos, que en ese momento confuso en que la infancia se va yendo y la madurez aún no ha llegado no tenga unos padres que le digan: esto está bien, esto está mal. Aunque se equivoquen.

A la pequeña protagonista de esta pequeña película de un país pequeño le ocurre algo así. A sus doce años ha madurado de sopetón, porque no le quedaba otra, porque tiene una madre que es una ruina emocional, porque desconoce quien es su padre y quisiera saberlo, porque tiene que soportar el acoso constante y la mala baba de sus compañeras de colegio, porque el puto pony de su clase de equitación se niega a saltar la valla.

Lo admirable de la película es ella, esa cría con visajes de tía curtida, incluso irónica, que soporta todo eso y mucho más, como por ejemplo el despertar sexual y la torpeza de su mejor amigo, y lo hace sin aspavientos, sin derrumbes lacrimógenos, como se podría esperar de una cría de doce años, porque para eso ya está su madre. Impresiona la interpretación de Linnea Skog, la niña actriz protagonista, de una contención poco común a esas edades, con un rostro capaz de pasar de un plano a otro de la infancia a la adolescencia.

La película es emocionalmente fría, como su país de origen, y aunque por estas latitudes se agradece ese helor (al menos el ambiental) y su falta absoluta de énfasis, la verdad es que deja al espectador a una temperatura cercana a los cero grados, distanciado de ese minúsculo drama vital, mayúsculo para la protagonista. Todo el peso de la historia recae sobre unos hombros demasiado frágiles para soportarlos y el desamparo acaba por imponerse y dejarnos un tanto decepcionados. Aún así, por el momento de lo mejorcito del festival.

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