Festival de Cine Europeo de Yangón: jornada inaugural

inauguracionyangónLo bueno de vivir en la quimbambas es que llega un festival de cine y uno se convierte en el único corresponsal acreditado. De haber sala de prensa la llenaría uno solo. De haber presencia de directores y actores les podría hacer unas entrevistas estupendas, de esas que acaban en tuteos y en “yo pago esta ronda”. Lo malo de tener que escribir acerca de un festival como este es que uno lo hace a toro pasado, con películas que ya han comentado otros y que muchos han visto, sabiendo que lo que ponga palabra tras palabra, no va a tener la mínima importancia.

¿Por qué entonces reseñar sobre películas ya estrenadas que un lector (español) difícilmente podrá disfrutar, salvo que le pille de vacaciones o de trabajo en esta parte del mundo?

Por amor al cine, imagino.

Por eso me planté en la sala del estreno no diré puntual, pero sí entusiasmado. Lo de la puntualidad es fácil de explicar si uno sabe lo agradable que es liberarse del calor en uno de las muchos merenderos que hay por toda la ciudad. El entusiasmo viene de regalo, junto con los prejuicios y el sentido crítico.

Lo mejor de las jornadas inaugurales de cualquier festival es el aire de jarana que tienen. En el caso del Festival de Yangón, por su modestia, el aire era más bien una corriente de frescor que se agradecía al entrar en el cine Nay Py Taw. De puertas afuera los 31º y la humedad del 90% no dejaban demasiado margen para el jolgorio.

La presentación del Festival corrió a cargo de Kristian Schmidt, embajador de la Unión Europea en Myanmar, que como ocurre en estos casos cumplió su papel diplomático y habló únicamente de generalidades, sirviéndose de una conocida cita del filósofo español George Santayana para explicar el origen y objetivo último de la Unión Europea.

La sala estaba repleta y los fotógrafos se movían de acá para allá en busca de personalidades locales y rutilantes para la ocasión. Mi desconocimiento del famoseo birmano me impide dar un listado de quienes eran, pero confirmo que desde sus butacas supieron responder con sonrisas y poses a los flashes.

Django

La película inaugural era Django (2017, Francia,) la misma que abrió hace un año la 67ª edición de la Berlinale, y que se centra en un fragmento de la vida del famoso guitarrista de jazz. A través de esa excusa trata de narrar un hecho del que normalmente no se habla demasiado en el cine: el Porajmos, la versión gitana del holocausto judío, que tuvo lugar durante el nazismo. Por desgracia la película de Etienne Comar es demasiado convencional para entrar a fondo en el asunto y se pierde en lo anecdótico, es decir en las tribulaciones de Django Reinhardt durante la ocupación y su toma de conciencia: el paso de ser un músico tolerado y aplaudido por los representantes del Reich en Paris a tener que huir a Suiza por miedo a terminar convertido en una lámpara de mesa.

Toda biografía es por definición un embuste. Como lo es un diario, por mucho que se empeñen algunos en desprender un conocimiento profundo del personaje a través de retazos de una vida y confesiones supuestamente sinceras. Por ello este cine de corte hagiográfico tiende a ser superficial y melodramático. La verdad, por inasible, se sacrifica en aras de la sencillez expositiva. Las luces y sombras de los biografiados no pasan de ser luces tamizadas y apenas penumbras, no hay claroscuro, y si lo hay es al servicio del personaje, para su supuesta gloria.

La historia falla allí donde no debe fallar un biopic: en los retratos de los personajes, cuya complejidad es nula. Los idealistas son muy idealistas y los nazis de una rigidez ridícula, y Django es… un gitano, o lo que es peor, la imagen que de un gitano tiene un payo, un gachó, un “gadjo”

El resultado es una película de la que, como era de imaginar, se salva la banda sonora que incluye una versión tan imaginativa como impresionante del requiem que compuso el músico belga,  un homenaje a las víctimas gitanas exterminadas metódicamente durante el nazismo.

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