27º European Film Festival Yangón: cine, pagodas y cartulinas censoras

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Otoño es una estación propicia para los festivales de cine, un tiempo pausado, entre los calores veraniegos con sus leves estrenos y la avalancha de producciones navideñas, unos meses para ver buen cine. Eso en la vieja Europa; aquí, en territorio birmano, el otoño no existe y en su lugar se vive la estación de las lluvias, y los monzones, con violentas descargas de agua, marcan el paso de los días y liberan la tierra del azote de un calor infernal. El cine se convierte así en algo más que un lugar donde soñar: un lugar donde refugiarse.

El pasado viernes 21 se inauguró la 27ª edición del European Film Festival de Yangón que cuenta este año con 17 producciones de países de la UE y de otros que no comparten sus siglas, como Noruega, Suiza o Israel. No es moco de pavo llevar casi tres décadas organizando y sosteniendo un festival como este en un país como este.

Olvidémonos del glamour de las alfombras rojas y del photocall, olvidémonos de hacerse selfies con actores y directores de renlumbrón, olvidémonos de la sala de prensa o del copeteo con colegas en los bares próximos. El European Film Festival de Yangon, es, como todo en este país que se despereza de un prolongado letargo, un acontecimiento modesto, celebrado por inusual, tierno en su ficción de modernidad.

El Festival, y en general el cine en Myanmar, tiene para los nostálgicos un indudable encanto. Digo nostálgicos por no decir gente de cuarenta para arriba. Las salas de una ciudad como Yangón, que fue hasta hace poco capital de la república, son escasas y la cartelera bastante limitada, por lo que la llegada de una docena de películas europeas, que de otro modo sería impensable ver aquí, tiene algo de fiesta y de soplo de aire fresco. Pone al espectador —a cualquier espectador puesto que la entrada es gratuita— frente a una realidad que va más allá del cine que cada semana copa los estrenos: producciones nacionales, chinas e indias y las mojigaterías a las que Hollywood nos tiene acostumbrados en cualquier lugar del mundo.

Se añade a esto elementos de idiosincrasia local, por no decir de evidente carácter político, que convierten el hecho de ver una película en un viaje a través del tiempo, de aquel tiempo en el que, como decía Umbral los cines olían a mandarina y a espectador.

Un ejemplo, antes de cada proyección suena el himno nacional y los allí presentes deben ponerse en pie en señal de respeto, que no de sumisión.

Y otro más. Existe y se aplica la censura, de un modo bastante cutre, dicho sea de paso. Si la cinta contiene escenas subidas de tono, de imagen o palabra, el proyeccionista apaga la banda sonora o tapa el desaguisado con una cartulina que mueve hábilmente por toda la pantalla, allá donde asome la impúdica teta o el glorioso culo. Ya es triste que tenga uno que escribir la expresión “subida de tono”, asociada inequivocamente a la filmografía de Ozores, pero ese es el hecho y no puede decirse de otro modo: hay censura y tanto su criterio como su aplicación son del siglo pasado.

Por lo demás el Festival, como todos los festivales, contiene en sí toda la magia del cine, cosa que se agradece en un tiempo como este, donde el sofá y la pantalla de plasma han ganado la batalla a la butaca reclinable y al lienzo blanco. Una magia que comparte el escenario natural donde tiene lugar. Si la sala de cine es para muchos el refugio, el lugar de evasión, no es menos cierto que salir de allí y ver perfilada, al final de la plaza, la campana dorada de la pagoda de Sule es otra manera de prolongar el sueño.

De todos modos no esperemos ver estrenos. Ya es bastante el esfuerzo realizado por el Instituto Goethe y la Unión Europea para traer obras recientes, producciones que se sitúan entre el 2015 y el 2017 y que a lo largo de una semana se proyectarán en dos salas, la encantadora (por clásica) Nay py Taw, en pleno downtown, y la majestuosa sede del instituto Goethe de Yangón.

Quien pueda, que lo disfrute.

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