Crónica V Edición Festival Nocturna. Día 3. Armas y chicas

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Es viernes en el Nocturna y nos acercamos al ecuador del festival. Con la mente despejada tras la resaca espesa del jueves, pues Dhogs vierte un poso en el subconsciente que te deja dando vueltas en la cama, me decanto por empaparme del panorama internacional y entramos a ver Hostile, mientras Caroline Munro presenta el clásico Maniac.

Hostile se enmarca en un EE.UU. postapocalíptico tras un ataque terrorista que resulta ser la inoculación de un virus zombie. Estéticamente estamos ante el hijo bastardo de Mad max y The walking dead, heredando de ésta última el gusto por los flashbacks moñas. Moñismo no sólo por la nostalgia de la vida plácida occidental, sino romántico: Hostile es una historia de amor antes que de supervivencia o miedito. Un amor imperfecto, pero que nunca muere… ¿Cómo podemos innovar en el género zombie? Explorando uno de los grandes interrogantes del género: ¿conservan parte de su consciencia, o de sus recuerdos? Pese a que no es del todo audaz, pudiendo culminar en una relación necrofílica, Hostile es un hallazgo interesante que ha transmutado mi hostilidad en complacencia.

Prosigue el corto español Caronte (¿prolífica producción nacional este año o discriminación positiva en la selección?), un drama de ciencia ficción en el que nos sumergimos en una partida de consola, con buena carga de naves y tiros y una piloto como Starbuck en su mejor momento. Sin embargo a nivel visual los shaders y texturas cantan a la legua a 3D max de 2009, la trama no consigue emocionar pese a tomarse a sí misma como épica -epicidad forzada devenida en mofa- y se queda en la memoria como una digna cinemática del Ogame.

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Es tarde de zombies en la grada y en Nocturna, a las 19:30 empieza Les affames. Los zombies dominan el percal y los pocos humanos sobreviven como pueden. En esta ocasión, los muertos no son putrefactos, o emiten alaridos. Conservan su estado humano, inmaculado, indistinguibles de personas normales, hasta que es demasiado tarde. Una atmósfera y una visión general muy cercanas a la de El incidente de Shyamalan. Aunque los personajes esta vez son planos y sus muertes, indiferentes. Rodada con una simplicidad de medios que ni el Dogma 95, Affames malogra la ocasión de construir algo trascendente en torno a las nuevas criaturas -los tótems- en algo meramente visual. Disclaimer: Mi opinión puede no ser justa al ciento por ciento ya que me eché una ligera cabezada.

El pase de las 22 suele ser el más concurrido, y se confirma durante Revenge, lleno absoluto de la sala 1. Resulta reconfortante para asegurarse de que la fiesta continúa el año que viene. El slogan que se emite en la promo antes de cada peli “Una luz que nunca se ha apagado vuelve a brillar más fuerte que nunca” da para pensar que la viabilidad del festival ha estado en la cuerda floja.

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Presenta la proyección el corto I’m the doorway, inspirado en un relato de Stephen King. Como Stephen King es el Rey (King), adaptemos sus obras para crear un material, de base, decente. ¿Qué puede salir mal? La premisa de la historia va de un astronauta afectado por un virus alien, que “toma” su control y le obliga a cometer actos ímpios. El corto como adaptación de King es satisfactorio, pero a la vez, logra un objetivo más elevado: documentar un -mal- viaje de dimetiltriptamina, o DMT, el alucinógeno más singular que existe. El protagonista, más que astronauta, es un psiconauta. Las imágenes del espacio remembran a bellos fractales, los aliens, los entes o duendes con los que se entabla contacto durante la what the fuck experience, y the doorway, aquel umbral que enlaza nuestra dimensión con la suya, es una metáfora del Breaktrough o momento de la separación del espíritu del cuerpo. Como en todo consumo de sustancia psicoactiva, el estado de ánimo y no resistirse a las alucinaciones son factores vitales. Ofrecer resistencia, o tener miedo, conlleva un descenso a los infiernos del subconsciente, que son las visiones terroríficas del astronauta, tan logradas del mundo onírico. Gracias a enmascararse como una adaptación del célebre escritor, la pieza ha conseguido  penetrar en circuitos comerciales y superar el ostracismo en torno la esta subcultura underground: su belleza radica en su amplia interpretabilidad. Siempre podremos especular con que el consumidor original del DMT y receptor de la visión fue el propio King…

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Revenge se revela como la joya del día. Jennyfer es una joven atractiva que seduce a un millonetis, y lo acompaña en un viaje de caza/safari cual Corinna. Otros dos cazadores se suman a la expedición, y como buenos machirulos babosos, y por devenires de la carne, sucede la tragedia. Para encubrir sus huellas tratan de asesinarla, pero Jen es una mujer fuerte y resiliente que sobrevive. En la película, buscará su venganza como una commando implacable, en una cinta híbrida de la genial y gore Arma desnuda, y el suspense y supervivencia extrema de 127 horas. Matilda Anna Ingrid Lutz brilla como heroína, dando caza a estos perros agresores, en una satisfactoria comeback al patriarcado (pese a irónicamente, vengarse en bikini con un rifle y lo erotizante que eso pueda resultar. No, espera, lo sexy también puede ser feminista). El caso es que el cuerpo y la sociedad piden un poco de terrorismo feminista y que los machistas la palmen entre terribles sufrimientos. Gracias Jen, has vengado a muchas, esperemos que alguien te imite pronto. Los litros de sangre son ingentes, y equivalentes en cantidad a la diversión. Habiendo mencionado antes el guiño al DMT, en Revenge también hace sus escarceos el peyote, en uno de los muchos alivios cómicos de la película (pero niños, no os droguéis). En definitiva, Revenge es la reina de las abundantes películas con presencia mujeres protagonistas que se han proyectado este año, omnipresencia natural y agradecida. Es de mis candidatas preferidas al Premio de la Sección Oficial, aunque las tripas me dicen que la pureza de la coca gallega puede terminar de decantar esa balanza.

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Por fin, el turno de la sesión golfa, el espíritu de maratones como estos para los fans del género, con Game of death. Unos jóvenos aburridos de la vida encuentran un juego de mesa cual Jumanji/Zathura, que como estos, guarda una interrelación con el mundo real, pero no como Pokémon Go ni vainas de realidad virtual. Los jugadores deberán matar a 24 personas, o morirán ellos. Matar, o morir. Por conservar su vida aceptarán el reto, pero con este abanico de oportunidades que da la premisa, la película trampea lo que podría haber sido una orgía gloriosa de las más variopintas ejecuciones en 2 minutos. Bastante sosa en personajes, giros y en general toda ella. A estas horas, uno espera algo más… travieso. Hay una sensación constante de quedarse a medias, no resulta muy estimulante y le falta gamberrismo. El humor que sobró en Tragedy girls podría habérselo prestado a esta sesión.

Confiemos que Another wolfcop de mañana nos dé el trasheo que necesitamos. El señor es mi pastor, nada me falta…

 

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