“Kalo Pothi”: una gallina, dos niños y miles de muertos

Nepal01Para la mayor parte de la gente, al menos en esta parte del mundo, hablar de Nepal es hablar de la cordillera del Himalaya, o más aún, hablar del Everest, es hablar de meditación, de chakras y de santones con greñas a lo Bob Marley y una tika en el entrecejo, es hablar de cannabis índica y del Kathmandú hippie de los años sesenta, es hablar, para los más puestos, de terremotos, de desplazados y de templos derruidos, es hablar de un pueblo abnegado y sonriente capaz de cargar fardos enormes por esos riscos de Dios. O de los dioses, más bien.

Pocos son los que saben que durante diez años una guerra civil se extendió por el país, anticipando un cambio de régimen. Nuestro nivel de información está condicionado por el grado de respuesta emocional que puede suscitar una noticia. En el caso de Nepal los medios optaron por darle la espalda: al parecer, ni la monarquía gobernante, ni la guerrilla maoista mostraron el mínimo de crueldad requerida para copar las portadas de los noticieros.
Que se lo digan a los muertos.

Eso parece querer decir Min Bahadur Bham en este, su primer largometraje. La guerra es guerra siempre, no sólo cuando llena los telediarios de imágenes de ruina y muerte, también cuando se instala cómodamente en una población y comparte con ella, en una apariencia de normalidad, su cuota ocasional de sangre.

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En una aldehuela de la montaña nepalí dos niños montan su particular cuento de la lechera en torno a una gallina. Ni la infancia ni la amistad entienden de diferencias de casta, y para Kiran y Prakash, separados por los compartimentos estancos de la sociedad hindú, la vida en un poblacho puede ser aburrida si no se tiene un proyecto común que les haga creerse adultos. Por desgracia, el mundo de los adultos es complicado, cruel y no parece entender de sueños; viene a decir que las gallinas no sirven para fantasear futuros sino para hacer caldo o sacarse unas rupias.

Una vez presentada la sencilla trama, la cámara se sirve de la zarandeada plumífera para irnos descubriendo el entramado de relaciones humanas tan frágil que articula la vida en la aldea. Un entramado caracterizado por la injusticia en distintos niveles: económica, de los que ostentan el poder, como el jefe de la aldea, sobre el resto; y social: de los hombres sobre las mujeres y de los padres sobre los hijos.

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Ese estado de resignación ante las cosas mal hechas tiene su reflejo, al comienzo de la película, en la tregua pactada entre el ejército gubernamental y los rebeldes maoístas. Si las cosas, buenas o malas, se dejan estar duran siglos, porque los privilegiados no van a ceder alegremente sus prerrogativas. Para salir del marasmo de miseria y opresión hay que buscar una vía alternativa, y si no violentar el sistema, con lo que eso entraña de dolor añadido.

Contemplar esta realidad sin ocultar el precio de sangre cobrado por los que buscaban cambiar las estructuras de poder es un mérito de esta película. No olvidemos que actualmente Nepal está gobernado por una alianza entre antiguos enemigos. El cine también puede servir para restañar heridas.

Lo mejor de este tipo de cine, un tanto rudimentario, es que lo que no alcanza en sofisticación le sobra en honestidad. Las cinematografías emergentes de los países pobres tienen la ventaja de enfocar las cosas con una mirada libre de los complejos derivados de llevar a rastras un siglo de cine. Se muestra una mísera choza, un peñasco, un altar azotado por el viento y no se trata de maquillar la realidad, y al que contempla esas imágenes no le queda ninguna duda de que aquello es tal y como se lo cuentan.

Eso en cuanto a lo positivo. Lo negativo viene derivado de una cierta tosquedad narrativa, que da por hecho, por parte del espectador, una familiaridad con la realidad nepalí que en la mayoría de los casos no es tal. La sensación es similar a la que se tiene cuando se visita un país lejano por una semana. La semana termina y no acaba uno de entender del todo los comportamientos observados, montándose su propia película en la cabeza.

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Bahm apenas concede licencias poéticas en esta cinta con vocación documental. La poesía, en cualquier caso, viene incluida como parte del lote en el fabuloso escenario que sirve de marco a la historia, y en un par de hermosas escenas oníricas, únicos insertos en cámara lenta que se permite el director. El resto transcurre con un aire intencionadamente distante, sin apenas movimientos de cámara, lo que potencia la sensación de verismo y de improvisación.

Tras el estreno, el pasado año, en la SEMINCI de Seto surya (‘Sol blanco’), de Deepak Rauniyar, el cine nepalí va abriéndose paso en nuestro país. Unos primeros pasos aún inseguros, al amparo de producciones europeas, pero dotados de una indudable fuerza y belleza, un modo, también, de acercarse a la realidad, pasada y presente de este intenso país.

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