“Ghost in the shell”: Robocopa viste de Prada

Ghost01Llegué a cinco minutos escasos del comienzo con la sala abarrotada. Hace tiempo que los pases de prensa han dejado de ser encuentros de rancios camaradas de infortunio para convertirse en convenciones de fans. Se ve que en esta ocasión, a falta de cosplay, la distribuidora decidió crear ambiente con dos tipos trajeados que flanqueaban la entrada. Advertían que estaba absolutamente prohibido encender cualquier dispositivo electrónico una vez cruzado el umbral. Lo decían muy serios.

Un murmullo de expectación flotaba sobre las hileras de butacas que recorría con la mirada en busca de un asiento vacío, cuando, de pronto, a mis sensibles pituitarias llegó un olor acre, como de sudor apelmazado. Ese aroma familiar de las habitaciones mal aireadas repletas de jugadores de rol, de culos aposentados durante horas frente a un televisor o una consola, de los ventiladores de cepeús a todo trapo, de la pelusa, la pringue de los Doritos y de los hules pegajosos de Coca Cola. Aquella sala, ni Robert Duvall lo hubiese expresado mejor, olía a… victoria.

Porque lo que aquella multitud entusiástica se disponía a ver y comentar en blogs, webs y bares no era otra cosa que la versión en imagen real de uno de los clásicos del anime: Ghost in the shell, de Mamoru Oshii. Por fin tanta espera, tanta promesa aplazada se cumplía. Por fin esa extasiada muchedumbre vería repartir estopa a la implacable y hamletiana Motoko encarnada en, ¡quién si no! Scarlett Johanson.

22 años han pasado desde que aquella película de animación circulase con la clandestinidad del hachís rojo libanés entre los aún escasos aficionados al género, no repuestos todavía del impacto que supuso Akira (1988). Ghost in the shell venía a ser la confirmación de que la obra maestra de Katsuhiro Otomo no era flor de un día sino que el espectáculo no había hecho más que empezar.

Eran tiempos duros, al deseo no correspondía, como ocurre hoy en día, una provisión regular de material para saciar el mono. Las películas de animación llegaban desde país del sol naciente con cuentagotas, y aquí, al otro extremo del mundo vivíamos de comentar una y otra vez lo ya visto y de presumir ante los profanos.

Y para los profanos va dirigida esta reseña. El resto, los conocedores de la intrahistoria de la película ya están ganados para la causa. Escriba uno lo que escriba no les va a animar o a hacer desistir de ir al cine, me leerán, en todo caso, por placer (lo dudo), por coraje (es posible) o por curiosidad (lo más probable)

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Pero antes un poco de historia.
Ghost in the shell, son en realidad cuatro cosas en una. Ahora cinco. El origen de todo está en un manga de Masamume Shirow iniciado en 1989 y finalizado ocho años más tarde. Después vino la película de animación de 1995 con dos secuelas (Innocence, 2004 y The Rising, 2015). Tras ellas una serie anime de TV con cuatro temporadas. Y por último un inevitable videojuego.

La película que se estrena, dirigida por Rupert Sanders, se inspira básicamente en su antecedente de imagen animada, y cuenta la historia de una policía cibernética, híbrido de robocop y muñeca hinchable, con problemas de identidad, en una urbe futurista desmesurada, donde la Inteligencia artificial y los implantes robóticos campan a sus anchas.

Es indudable que se trata de una adaptación respetuosa con el original, hasta el punto de aportar poco más que una nueva encarnadura a la obra original. Del manga de Shirow y del posterior anime bebieron, o más bien mamaron a carrillos llenos las wachowski en su opera prima Matrix (1998) con resultados más que notables. Por contra, en esta adaptación, el batiburrillo de guionistas, tanto acreditados como ocultos, apenas han sabido esbozar una historia tan previsible como vulgar. El resultado es una sucesión de tópicos extraidos de otras películas de acción y Ciencia Ficción relatados sin ninguna personalidad.

La película de animación tenía una rara atmósfera de fría espiritualidad, reflejo de la confusa naturaleza de la protagonista y del mundo en el que habita, una más que probable proyección del nuestro. En esta versión eso ha quedado reducido a diálogos de supuesta trascendencia entre personajes de muy poco calado.

Y en este punto uno se pregunta por que esa necesidad de convertir en seres de carne e implantes a los personajes originales si las interpretaciones son meros actos presenciales. El papel de Motoko lo podría haber interpretado igualmente Ben Affleck con peluca y nada habría cambiado. Y no es culpa de la actriz, que últimamente sólo acierta al poner voz a criaturas irreales, porque no es que la Johannson lo haga mal, es que el personaje en sí genera la misma empatía que un microondas. Y como ella el resto del elenco, a excepción de una Juliette Binoche que actúa bien hasta cuando lo hace abducida por el cheque que debe de haber cobrado.

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En cuanto a la ambientación, Rupert Sanders ha decidido seguir el camino abierto por Blade Runner en tiempos que se nos antojan antediluvianos,  y lo hace sin salirse de él ni un paso; el resultado es una  muestra más de esa imaginería ciberpunk cada vez más poblada de clichés: ideogramas japoneses en neón, rascacielos de cristal tintado, hologramas de tamaño descomunal y calles como una estrambótica Chinatown, hervidero de gente, por llamarla de algún modo, que deambula ociosa y sin rumbo fijo, entre puestos callejeros de ramen y antros de dudoso gusto.

Todo ello apunta a pensar en un proyecto tan frío como el tema que trata, controlado desde la productora con una única premisa: no decepcionar a los fans de la serie original. Y por culpa de ello la película no pasará del triste comentario “no está mal” con el que el espectador de turno se consuela para no pensar en el dinero desembolsado.

Cada vez se hacen más películas PARA y menos películas POR o DE. A este paso el cine se  acabará convirtiendo en una agrupación de Ghettos por los que uno deberá moverse con precaución, no sea que vaya a saltarse alguna de las leyes del Sanedrín. No es una cuestión de géneros cinematográficos. Eso los ha habido siempre, y se mantienen con solvencia porque su mecánica es sencilla y no se nutren de una mitología hermética y autoreferencial. Uno puede ver Sin Perdón y no haberse visto Sólo ante el peligro y no pasa casi nada. Lo esencial del Western ha pasado ya hace tiempo al acervo colectivo y no necesita un manual de instrucciones. Lo mismo pasa con el terror, la Ciencia ficción o el Musical. Insisto, el problema no es de la temática tratada sino del destino de este tipo de películas.

Y cuando el destino es captar el entusiasmo, la enorme influencia en las RRSS, y (especialmente) los ingresos de un grupo de aficionados constituidos en colectivo, el cine se está escora peligrosamente hacia otra cosa. No deja de ser cine, obviamente, pero es además, y sobre todo, estudio de mercado.

Lo malo del publicista metido a sociólogo (o viceversa) es que en el fondo la motivación es la dichosa pela, y cuando esta deja de entrar se acabó la broma. Estamos en un tiempo glorioso para el cómic y todas sus ramificaciones, y también en un tiempo de sobreexplotación de la nostalgia. Pero atención, cuando cambien las tornas los mismos productores que apostaron por esto lo harán por beber en otras fuentes, como los videojuegos (es un hecho)

Imaginémonos que por esos hilos que teje el aburrimiento de nuestra sociedad, Hollywood pone sus ojos en la creciente masa social de la recreación histórica; preparémonos entonces a acudir a salas de cine donde muchedumbres enfundadas en cotas de mallas mirarán embobadas durante horas soberanos coñazos cinematográficos, excelentemente producidos, eso sí, y llenos de planos-detalle de espuelas y fíbulas.

El buen cine debe serlo independientemente de su inspiración. Como arte autónomo y popular se nutre de cuanto le rodea pero su calidad debe ser independiente del tema tratado. El vine será bueno porque cuenta bien, porque está bien interpretado, porque entretiene, porque estimula, porque refleja un tiempo concreto o anticipa otro. Por mil razones. No puede serlo porque satisface el culto de un grupo determinado. Eso es efímero y elitista.

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Ghost in the Shell no es una mala película, tampoco es buena, simplemete está bien hecha, entretiene sin más y tiene el punto justo de crítica social que demanda la sociedad actual, pero no pasaría de ser un estreno del montón si no la precediese una campaña mediática amplificada por aficionados incondicionales. Ahora bien, si lo que uno busca es reconocerse en el grupo, pillar la referencia y el guiño privado, sin duda, queridos freakies, es un peliculón.

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