“Trainspotting 2″: El tunel al final del tunel

trainspotting2Que la nostalgia es un negocio de moda lo sabe hasta el último becario del medio audiovisual, sólo hay que echar un vistazo a la cartelera de los últimos años, a las nuevas series  de éxito que maquillan viejas ideas, al fatigoso revival estético, o al redescubrimiento de muertos o moribundos iconos musicales. Desde hace un tiempo la creación no es otra cosa que un rebuscar en los contenedores de desechos a ver que se puede rescatar del olvido.

Ahora bien, hay dos tipos de nostalgia. Aquella que mitifica el pasado y lo convierte en un paisaje que se sueña con volver a recorrer y otra que surge de la conciencia del paso del tiempo, una constatación que llega con la edad y que no deja de ser tan triste como inevitable.

Esta última es la opción narrativa que ha elegido Danny Boyle para acometer la segunda parte de aquella historia sórdida y brutal, adrenalínica y cachonda que sacudió, hace 20 años, a una generación. No podía ser de otro modo. La historia original era cualquier cosa menos la crónica de un tiempo feliz. Se trataba en realidad de una visión lúcida y contundente de una generación que convirtió el escapismo en un modo de afrontar un presente con pocas salidas.

El tiempo pasa, parece decirnos Boyle, y pasa para todos, para el espectador, para los protagonistas de la primera Trainspotting, algunos de los cuales se quedaron por el camino, para Edimburgo, para el mundo y, por supuesto, para el propio Danny Boyle, que ya peina canas y luce en una repisa de su salón algún que otro Oscar. Todos somos veinte años más viejos, con menos energía, menos impulsivos, y menos dados al humor escatológico. Y eso se nota.

De ahí que pretender ver ésta como una reedición de la gamberra Trainspotting de 1996 sea un prejuicio que conduce inevitablemente a la frustración. Nada sería más ridículo que repetir la estridencia visual y el montaje desquiciado de aquella primera película. El estilo de Boyle, como es lógico, ha ido construyéndose con aquellos mimbres, pero también con el sosiego que traen los años y el asentamiento en la industria cinematográfica.

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Trainspotting 2 es más reflexiva que su antecesora. Uno lo es cuando supera los cuarenta años de edad y echa la vista atrás. Y los protagonistas, que aún andan dando tumbos por un Edimburgo, reconvertido de ciudad obrera a destino turístico, y que parece retenerlos como la luz a una polilla, han ganado ese brillo de resignación en la mirada que indica que la vida, a esas alturas, no les va a regalar nada.

La vida, por otro lado,  ha cambiado desde aquellos años de nocturnidad y frenesí drogota. John Hodge, que repite guión, lo narra haciendo hincapié en la  decadencia de una época, del final de un sueño, un tanto autoinducido, y que queda resumido en un memorable speech de Ewan McGregor, en donde el rancio lema “Elige la vida” sirve para ajustar cuentas con la realidad actual que nos toca a todos vivir: egoista, artificial, narcisista, lerda y horadada por un perezoso cinismo.

Los Renton, Spud, Sick Boy y Begbie siguen tambaleándose en ese borde del precipicio existencial que te puede llevar de la vida adocenada a la calle o directamente a la tumba. En el fondo es su lugar, porque ese trasfondo obrero, lumpen y vocinglero que retrataba la primera película no les ha abandonado nunca por mucho que hayan tratado de alejarse de él con trajes caros, hijos o empleos confortables.

El guión ha perdido parte de esa frescura quasidocumental de la primera entrega. El desequilibrio de aquel puñado de vidas, por llamarlo de algún modo, se veía reflejado en una hiperbólica manera de rodar las secuencias. Y si bien Boyle sigue recurriendo a incómodas angulaciones y a sus característicos planos congelados en plena acción, la narrativa ha cambiado, ha madurado podríamos decir, con todo lo que ello implica de convencionalismo y oficio.

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La historia sin apenas desarrollo, en un bucle continuo de chutes en primer plano, alucinaciones, carreras echando los bofes y un vacío deambular por antros nocturnos se ha convertido en esta segunda parte en un guión bien construido, tal vez menos verosímil, por lo que de ficción cinematográfica entraña, pero con una trama nítida que permite situar a los personajes en un punto más allá del mero encuentro y recuerdo de viejos tiempos.

Trainspotting partía de un artificio: era la pesadilla de un yonki contada por alguien que en ningún momento perdió la consciencia; era un bebé gateando por el techo, una sucesión en bares cochambrosos, barriadas de subvención oficial, plazas llenas de escombros, viejas calles adoquinadas y un frenesí de consumir cualquier cosa que hiciera olvidar la realidad circundante. Trainspotting 2 es el despertar de ese mal sueño, fatigado, con dolor de cabeza, sin demasiadas ganas de arremeter contra todo, y con la convicción de que la noche anterior no sirvió para gran cosa.

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