“Billy Lynn”: De la escabechina al circo

BillyLynn01“Destrozar otro país es fácil, pero para enfrentarte al tuyo hay que ser un héroe” (Kathryn)

Hay guerras que arrastran su condena como los cometas la cola. Tradicionalmente los hombres eran enviados a matar y morir por las razones más peregrinas y aquello se veía como algo inevitable, parte de los ciclos naturales de la vida. Con el tiempo se teorizó el asunto y acabó convertido en un párrafo del célebre tratado de Clausewitz, un instrumento político que se servía de la violencia y la intimidación a gran escala. La censura, el sentimiento patriótico y la escasez de documentos de primera mano, fiables e inmediatos, limitaban la crítica a la guerra a un sector de la población tan reducido como denostado.

Con Vietnam todo aquello cambió. La guerra, sin aderezos, se mostró en toda su crudeza, en primera linea, sorteando cadáveres, en la brutalidad y estupor del soldado que podía ser, que de hecho era, el propio hijo, el hijo del vecino. El horror de la batalla fue por primera vez televisado en directo, y la conmoción de aquel acontecimiento cambió para siempre la percepción de las guerras  y la dócil aceptación de las mismas por la sociedad civil.

Desde entonces el sentido crítico ha acompañado a todas y cada una de las guerras posteriores, y el cine, que no es ajeno a esta tendencia, ha servido a las mil maravillas para retratar con crudeza lo que se oculta tras la máscara de heroicidad y sacrificio: la brutalidad de la guerra, su saña, eso tan repetido del “sinsentido” Todo ello por medio de un recurso muy sencillo,  situar la cámara en medio de la batalla. El efecto en el espectador es inmediato y demoledor: Desde Salvar al soldado Ryan a Hacksaw Ridge uno entra al cine como quien se lanza al asalto de la trinchera enemiga, con los dedos crispados y las canillas como flanes.

Lo que hace de Ang Lee un cineasta muy hábil, es que deje a un lado las explosiones y las balas trazadoras como herramienta narrativa de las miserias de la guerra y en su lugar utilice la gloria del vencedor, su triunfo, la lejanía del campo de batalla y la proximidad del reconocimiento público para producir el mismo efecto.

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Ang Lee dinamita los cimientos mismos de la gloria militar sin salir de casa, del sagrado recinto que se ha de proteger de la amenaza externa, del otro, del bárbaro, del barbudo entonador de suras que se lanza alfanje en ristre a la demolición de torres. Ang Lee se burla, sin siquiera esbozar una sonrisa, del patriotismo cerril y desmemoriado, último refugio, ya sabemos, de los cobardes.

Con la nueva etapa presidencial que se avecina, el director taiwanés quiere demostrarle a los voceros del Proud to be American que de algunos actos es difícil enorgullecerse y que, llegado el caso, el valor personal es siempre un impulso íntimo y con frecuencia inconsciente, por mucho que acabe sobado por todos como una puta, para engaño y vanagloria de bobos.

Una imagen congelada en un noticiario de televisión nos presenta la historia de Billy Lynn, soldado de la compañía Bravo, el héroe de Al-Ansakar,  captado por las cámaras en las modernas Termópilas que enfrentan Oriente y occidente, ejemplo de la pureza del valor unida a la inocencia de la juventud. Un héroe. El héroe.

El héroe, sin embargo, es simplemente un muchacho, atolondrado como cualquiera a su edad, empujado al avispero de la bestialidad por las razones de siempre: promesas de una vida mejor, huida de los problemas, aventura, nobles ideales. La retórica con la que los publicistas de la muerte llevan llenando los oídos de los incautos desde que se tensó el primer arco.

Y el héroe se comporta como tal –Ang Lee retrasa inteligentemente el cómo hasta el último cuarto de película– Y regresa a casa junto a sus camaradas, justo a tiempo para celebrar el Día de Acción de Gracias. Para recibir la ovación de sus paisanos y el laurel de la victoria.

El triunfo, institución romana, consistía en un desfile del vencedor con los despojos del vencido: armas, tesoros, prisioneros. Y finalizaba con la entrega de la corona de laurel al general victorioso. El triunfo, en estos tiempos del American way of life consiste en un espectáculo desmesurado y chabacano en un estadio de fútbol de Dallas, a medio llenar, con fuegos de artificio, cheerleaders, banda de música con chacós y pompones y, a modo de guinda, las Destiny Child’s haciendo gorgoritos.

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Meter en medio de ese circo, del gran negocio americano del Show business, a un grupo de adolescentes convertidos en picadoras de carne humana, tiene su punto de siniestra humorada. Y el director de La Tormenta de hielo es suficientemente inteligente para no convertir a ese grupo de soldado en portavoces de la crítica a la guerra. El protagonista y sus compañeros de armas son adolescentes, con las preocupaciones y simpleza de cualquier adolescente, carne de cañón que prefiere no preguntarse por qué hacen lo que hacen. Para ellos la guerra no es una heroicidad, es lo que toca, lo que les toca. Un subidón, una putada, un descojono.

El acierto del director estriba precisamente en eso, en desviar la atención del grupo de soldados y cargar las tintas en los que se quedaron en casa, en la sociedad americana que los recibe, retratada en toda su complejidad. Ese es el auténtico campo de batalla y donde se desarrolla la estructura narrativa de la película, en una sucesión de encuentros que sirven para mostrar un desajuste, el que se da entre una realidad implacable, como es la guerra, y su percepción, por parte de la comunidad que la sostiene y que se encuentra confortablemente a salvo de ella.

Uno tras otro desfilan los actores de esta gran farsa: la gran masa del pueblo americano, con esa ingenuidad tan peligrosa que señalara Graham Greene;  el empresario codicioso y cínico, organizador de todo ese circo mediático, interpretado –elección llena de retranca– por Steve Martin; la animadora bobalicona, enamorada de la imagen del héroe más que del héroe en sí; la familia del protagonista entre el orgullo y el temor, y entre todos ellos gente de todo pelaje, vulgar, sensible, buena y mala gente, despistada, cabreada, gente a la que la guerra se la trae floja y otros a los que parece preocuparles, los que ven la guerra como un juego y los que la ven como una gilipollez. Todo tipo de personas, de esas que componen un país. Y por último Kathryn, la hermana de Billy, personaje esencial, capaz, a pesar de su insignificancia, o tal vez por ella, de desequilibrar la balanza. Kathryn, interpretada por esa actriz cada vez más madura y mejor actriz que es Kristen Stewart, asidero del atolondrado Billy Lynn, salvavidas de si mismo, esperanza del espectador.

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Ang Lee gusta de experimentar en el campo técnico y en este caso se ha servido de un nuevo modelo de cámara (CineAlta F65 4K) para rodar a a 120 fotogramas por segundo. Para que nos hagamos una idea, a cinco veces la velocidad normal de 24 fps. ¿Y para qué? Presuntamente para lograr un mayor verismo. Una nitidez cercana a la percepción visual de cualquier persona sin mi miopía. Y digo presuntamente porque para percibir este prodigio visual es preciso disponer de salas acondicionadas, de las cuales solo existen cinco en todo el mundo: dos en Estados Unidos, dos en China y una en Taiwan. De modo que del alarde técnico poco será lo que percibamos.

Otra cosa es el alarde crítico, y ahí si iremos bien servidos. Con la Guerra de Irak el cine se ha lanzado a un ejercicio analítico sin precedentes. Vivimos un tiempo en el que la distancia entre el acontecimiento y su reproche es mínima. No es preciso dejar pasar una generación para cuestionar una guerra inaceptable, como es el caso, tanto por lo endeble de las justificaciones presentadas a modo de causas cuanto por lo desastroso de los resultados. A nadie se le escapa que de aquellos fangos vienen los polvos actuales que cubren el próximo Oriente.

Por ello no es difícil, si uno es un cineasta con un mínimo de conciencia,  servirse de esta guerra para denunciar lo que implica cada vez más, la instrumentalización de los conflictos para alcanzar fines económicos. No es nada nuevo, y aunque siempre, desde la Guerra del Peloponeso, ha sido así, nunca lo fue de un modo tan descarado, tan falto de una coartada ideológica. Al fin y al cabo estamos hablando de una guerra en la que se destronó a un tirano para…, en fin, en la que se destronó a un tirano.

La guerra de Irak acabará convirtiéndose, como ocurrió con la de Vietnam, en un subgénero del cine bélico, con sus propios escenarios, personajes y clichés. Con el tiempo, como todas las guerras pasadas, será vista más como una aventura humana que como un drama, y el espectador dejará de cuestionarse lo justo o injusto que hay en ella. En tierra hostil, La batalla de Hadiza, En el valle de Elah, el francotirador, Green zone, Redacted, son algunos de los títulos que ya van asociados a esta parte de la historia del cine y que nos recordarán su complejidad. Billy Lynn aporta un punto de vista original al enfocar el gran espectáculo que supone la guerra, lejos de los tiros, entre tracas de feria y muchachas que sonríen con la despreocupación de una generación que ha sustituido la realidad, con todo lo doloroso que ella entraña, por la imagen.

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