“La bailarina”: Espectacularidad y plomo

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La danza, ese arte de crudeza descarnada, de belleza y desolación, de talentos infinitos destruidos por su propio entorno. Muchas son las películas que han contado la virtud de bailarines perseguidos por la envidia de sus rivales, y el surgimiento de nuevas estrellas. Ahora, la directora Stéphanie Di Giusto, narra con su primera película la historia de la americana Loïe Fuller, quien abandonó su país para alzarse como la mejor bailarina de Francia a principios del siglo pasado.

Tras la muerte de su padre, Loïe Fuller deja el oeste americano camino al este, sin saber que su destino estaría al otro lado del charco, en la Opera de París. Su danza es exquisita, de una originalidad nunca antes vista; y a pesar de sus dolores de espalda y de tener los ojos dañados por las luces del teatro, nunca dejará de perfeccionarse. Sin embargo, la aparición de Isadora Duncan, una joven prodigiosa sedienta de éxito, situará a Loïe en el borde del precipicio.

La película arranca con el fin de un estilo de vida, el salvajismo ya no tiene cabida, el oeste es un lugar inmundo del que se debe huir, partimos de un western moribundo. El futuro está en el progreso, en las nuevas evoluciones tecnológicas y, especialmente la electricidad, va a ser fundamental para que Loïe pueda desarrollar todo su arte. Viene de aquí lo mejor de la película, la espectacularidad de la danza, los hipnóticos movimientos y sensaciones al compás de la música clásica. Loïe en todo su esplendor hermosamente retratada.

Frente a la grandeza de la actuación, la tristeza existencial. La fotografía trata con realismo el malestar de la artista, la penumbra de su existencia; y lo contrarresta con el efectismo de sus grandes actuaciones. La dualidad del artista queda bien retratada, llegar a lo más alto no supone la felicidad ni tampoco que la fama se sustente en el tiempo; la joven hermosa, virtuosa y caprichosa está al acecho, deseosa de aprovechar cualquier oportunidad.

La película funciona en lo espectacular, no así en la demencia de la artista. El melodrama es solo regular, aparece un personaje masculino (inventado por la directora y ajeno al biopic) que nos lleva por un camino erróneo y nos aleja de la esencia de Loïe, una artista lesbiana, con pareja estable, y profundamente atormentada por sus propios demonios. El melodrama es plomizo, muy difícil de digerir y es ahí cuando el público, siempre soberano, puede decir basta.

La bailarina llega a las salas de la mano de Vertigo el viernes 4 de noviembre.

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