#Seminci16 | Jornada 5: de padres e hijos

hedi

Situados ya en el ecuador de esta semana cinematográfica, aún es pronto para aventurar un pronóstico acerca de quién se llevará la codiciada espiga de oro al mejor largometraje. Sin embargo, en esta jornada hemos asistido a una seria candidata, Dokhtar (Hija) del director iraní Reza Mirkarimi. Una sólida producción que muestra el desgarro generacional que actualmente sacude a muchos de los países de cultura musulmana. Junta a ella otras dos historias que tratan a su manera la relación padres e hijos: la tunecina Inhebek Hedi, de Mohamed Ben Attia y la española La Madre del director vallisoletano Alberto Morais.

Inhebek Hedi es la historia de un hombre anulado por la obediencia a las tradiciones. En los primeros minutos vemos que Hedi, el protagonista, trabaja como comercial para una importante marca de automóviles, sin mostrar demasiado entusiasmo por ello. Descubrimos que está a punto de casarse con su novia, sin mostrar demasiado entusiasmo por ello. Comprobamos que obedece en todo punto a una madre viuda y autoritaria, sin mostrar demasiado entusiasmo por ello. De hecho Hedi no parece sentir demasiado entusiasmo por nada, tal vez únicamente por dibujar comics, pero no parece que esa afición que mantiene oculta vaya a cambiarle la vida.

Su vida no se distingue de la de gran parte de los jóvenes tunecinos, salvo por el hecho de que Hedi cuenta con la ventaja de tener trabajo. En cualquier caso su situación es extrapolable a cualquier país: el joven que aún no ha tomado las riendas de su vida y que actúa por inercia, con la voluntad adormecida por la rutina, la desgana y el peso de las decisiones de otros.

Y así hasta que dos días antes de su boda conoce a una mujer, se enamora y por primera vez en su vida siente que otra existencia es posible más allá de los dictados de las convenciones.

Esta historia universal es al mismo tiempo metáfora de la situación del país que inició la llamada Primavera árabe. Mohamed Ben Attia propone en éste, su primer largometraje, una visión lúcida de la tesitura por la que atraviesa la sociedad de gran parte de los países musulmanes. El choque entre tradición y modernidad se vive por una juventud tan numerosa como carente de oportunidades, con una angustia que deja escasas posibilidades de maniobra aparte de la emigración. Al menos la desidia de hace una década ha dejado paso a una protesta directa que ha servido para sacudir las conciencias de unos y los cargos políticos de otros.

En Inhebek Hedi ese choque está representado por la relación entre el protagonista y su madre, con toda la intensidad y complejidad que este símbolo supone de la relación entre la población joven y las estancadas políticas de los países de la esfera islámica. Permanecer significa seguir acatando unas normas sociales sin opción de crítica, y no siempre por miedo, en muchos casos por todo lo contrario, por no sentirse cobarde, como parte de los que emprenden la huida.

No es la única vez que hemos visto esta problemática de candente actualidad en esta edición de la SEMINCI. Ya apareció en la egipcia Ashtebek, es también el eje que articula las relaciones padre-hija en la iraní Dokhtar y constituirá el argumento de la israelí Tormenta de arena. El arte en general siempre ha sido una válvula de escape de las tensiones de una sociedad, y a través del cine los países musulmanes parecen haber hallado su particular altavoz

De la soporífera La madre no voy a extenderme demasiado. Su director Alberto Morais confunde tristeza con tedio y sencillez con absoluta falta de tensión dramática. El argumento es el siguiente: el día a día de un crío que sobrevive en el margen de la delincuencia, entre el abandono de una madre que no ejerce de tal y unos servicios sociales que tratan de enderezar el asunto devolviendo al chaval a un centro de acogida.

Sin embargo en ningún momento sentimos la amenaza que se cierne sobre el protagonista. La presunta angustia a ser internado en un centro de acogida se disuelve entre escenas de una insoportable banalidad. La vida de ciertas personas es una mierda, de acuerdo, pero hasta eso hay que saber contarlo con intensidad, o el riesgo de que lo que estamos contemplando nos importe un comino es muy alto. Y así ocurre con La madre. Si esperamos que este tipo de cine “social” sea un revulsivo frente a la apatía política de este país, nos podemos ir preparando para otro lustro de corrupción, chanchullos en las altas esferas y crisis económica.

Por fortuna el día finalizó con cine del bueno, de ese que emociona y expone otras realidades a partes iguales. Dokhtar, del iraní Reza Mirkarimi parte de un argumento trivial, una hija que desobedece a su padre y se va de fiesta con unas amigas, para adentrarse en la problemática más tratada en esta edición del Festival de cine: el enfrentamiento generacional en el seno de los países musulmanes.

La película es impecable tanto en lo formal, gracias sobre todo a la fotografía de Hamid Khozouie Abyane, como en la sensibilidad de la puesta en escena, donde cada plano se encastra perfectamente en el complejo puzzle de la realidad actual del país persa. La charla de las adolescentes en una cafetería de Teheran es en sí misma una declaración de los deseos e inquietudes de una generación consciente del rumbo del resto del mundo, bien preparada para afrontar los retos del futuro, pero aún sometida a unas tradiciones que le impiden tener voz propia.

Esa barrera de incomunicación se hace patente cuando el padre descubre la desobediencia de la hija y su reacción desmesurada saca a la luz un trasfondo de falta de comprensión y de miedo. El miedo de la generación anterior, la de los padres, que ve amenazadas sus potestades por el cuestionamiento de principios tan obsoletos como realmente poco importantes a la hora de sostener la unidad familiar.

Enternece la angustia de la pobre cría que ve como todo se desborda por una cosa sin la menor importancia, pero también enternece la torpeza de ese padre, tosco, inflexible, pero bondadoso, y compartimos igualmente su desolación cuando es consciente de que su actitud lo ha complicado todo.

Todos los actores de Dokhtar brillan a gran altura, en especial Farhad Aslani, el actor que interpreta al padre, que sabe crear un personaje emotivo en ese hombre sencillo y enfurruñado que se da cuenta de que las herramientas que le han proporcionado para enfrentarse a la vida le son cada vez menos útiles en un mundo en el que las mujeres, como su hija, su hermana, reclaman su derecho a decidir por sí mismas.

Una hermosa película que merece la mejor de las suertes en este festival y una buena difusión por las salas de cine.

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