#Seminci16 | Jornada 2: frágiles envoltorios

lesinicentes

Amaneció el día como terminó anoche, un tiempo desapacible, pero el entusiasmo de sentirse bajo un aguacero de películas es superior al malestar de acabar empapado por la lluvia. La ciudad del Pisuerga es por estas fechas un bullicio de gentes que van y vienen programa en mano, beben buen vino y comentan buen cine que son dos de las mejores cosas que puede uno hacer en otoño, o  si me apuran durante el resto del año.

Se inicia la jornada con la coproducción franco-polaca Les Innocentes, muy adecuada a esta mañana dominical, tanto por lo religioso de su argumento como por compartir el aire soporífero de las misas otoñales.

Olvidamos con frecuencia que la tragedia es un género literario, y que todo acontecimiento, por muy luctuoso que sea, debe ser contado con eficacia para poder permanecer en el recuerdo. La vida humana, a poco que uno abra los ojos, está hecha de un tejido terrible que podría dar para miles de relatos. La diferencia entre lo terrible y lo trágico reside precisamente ahí, en la capacidad de relatar.

Y por relatar no se entiende tomar el hecho desnudo y mostrarlo tal cual. Eso es otro de los grandes mitos del cine: la cámara invisible. En el debate interminable y absurdo entre fondo y forma el primero tendrá siempre las de perder. La forma, es decir, la manera de contar las cosas, lo es todo: el dónde, cómo y cuando filmar es al esencia misma del cine desde que dio sus primeros pasos; el qué, por el contrario, apenas tiene importancia.

De ahí que Les Innocentes quede aguardando el perdón en el purgatorio cinematográfico de las películas correctas pero que no dejan huella. Un lugar del que es difícil salir, por mucho que pase el tiempo, ese gran nivelador de euforias y acritudes. Partir de una historia atroz, como es la violación por parte de soldados rusos de las monjas de un convento polaco durante la segunda guerra mundial, no garantiza la emoción, por mucho que la coletilla “basado en hechos reales” acompañe a los créditos iniciales. Para sacudir las butacas de una sala de cine hace falta algo más que un montón de mujeres desamparadas y un entorno de feroz crueldad. Filmar con corrección no es lo mismo que hacer cine, del mismo modo que redactar no es lo mismo que escribir, y en casos como este una puesta en escena gélidamente académica es capaz de lastrar la más sobrecogedora de las experiencias.

No pongo en duda que Anne Fontaine haya tenido la mejor de las intenciones al afrontar esta historia de indefensión y pérdida de fe, pero el método elegido para hacerlo no es el más adecuado para que el espectador pueda sentirlo. La fotografía, demasiado pulcra, los diálogos impersonales, todo ese aire de novela best seller, con la crudeza justa para no ofender a la buena burguesía, y las consabidas puyas a la Iglesia para no ser acusado de beatería eliminan cualquier viso de credibilidad a lo que se nos cuenta. En ningún momento la protagonista da la impresión de que arriesgue algo más que su sombra de ojos al ayudar a ese grupo de monjas polacas de admirable cutis y vientres hinchados. Da la impresión de que todo el guión se hubiera escrito a partir de la bonita imagen de un hábito de novicia en medio de un bosque nevado.

Por suerte a mediodía asistimos a la proyección de El ciudadano ilustre, del tándem formado por Gastón Duprat y Mariano Cohn, que tan buen sabor de boca nos dejaran hace unos años con la comedia negra El hombre de al lado.

En esta ocasión nos encontramos con un premio nobel de literatura que, hastiado de la hipocresía que conlleva la fama, regresa a su pueblo natal, un pequeño villorrio argentino, sólo para comprobar que, por mucho que uno lo pretenda, los pequeños paraísos no existen mientras que los viejos infiernos siguen estando ahí.

La Historia, escrita en un tono de humor adulto y algo cínico, encierra una visión escéptica de la vida que se va haciendo más y más negra a medida que avanza la acción, cuando lo que comienza siendo incomodidad amenaza con terminar en catástrofe. Paralelamente, se suceden situaciones resueltas por medio de soberbios discursos en los que los directores ajustan cuentas con el arte, la cultura, la creación y, en definitiva, con la vida. Mención especial merece la interpretación de Oscar Martínez en el papel protagonista del galardonado escritor, que, con esa innata capacidad que parecen atesorar los actores argentinos, sabe componer un retrato perfecto tanto del declive creativo como de la solvencia de juicios que entraña la madurez.

Lástima que la fotografía sea de una vulgaridad dolorosa que ni tan siquiera es capaz de proporcionarle al relato ese tono de chata realidad que sin duda perseguían los directores. Las escenas, bien hilvanadas y con situaciones realmente hilarantes se ven afeadas por una cámara que se limita a recoger imágenes, sin ninguna intención de trascendencia.

Y finaliza la jornada con Anatomy of the Violence, el último trabajo de una habitual del Festival, la directora india Deepa Mehta. En este caso la decepción es, aún si cabe, más grave desde el momento en que hablamos de una experimentada directora, y que a lo largo de su larga trayectoria ha sabido resolver con solvencia el mismo asunto que presenta en esta ocasión, la violencia contra la mujer.

El argumento parte de una noticia que alcanzó repercusión internacional hace años: la salvaje violación y asesinato en la India de una muchacha por seis hombres en un autobús público.  Mehta se propone, al contarnos la infancia y posterior vida de esos seis hijos de puta analizar cuales son las raíces últimas que explicarían que este hecho concreto se produzca.

Pero fracasa en su intento al embarullarse en un experimento interpretativo más propio de una recién licenciada de escuela de cine que de una directora de su categoría. En el intento de evitar toda artificiosidad en la narración de los hechos, la directora india pone al espectador frente a una situación grotesca: le dice que lo que va a presenciar es la recreación de las vidas de los seis violadores interpretadas por actores. Este intento de desbaratar la suspensión de la incredulidad es absurdo, puesto que en todo momento sabemos que se trata de un largometraje de ficción y no de un documental. El resultado roza el ridículo cuando contemplamos a un adulto interpretando a un niño, y lo chapucero cuando se ven las cámaras asomar tras una ventana, pero sobre todo cae en el despropósito desde el momento en que emocionalmente nos aleja de cualquier interés por el suceso.

Cuando, más tarde, en la rueda de prensa, la directora trata de exponer las razones que la llevaron a optar por este tipo de puesta en escena, no hace más que confirmarnos lo que es evidente: que una reconstrucción de los hechos tan teatralizada y artificiosa convierte lo que debería crear una tensión insoportable en una incómoda sensación de estar asistiendo a algún tipo de performance.

Mehta parece olvidarse que un narrador es por definición un manipulador emocional, pues en eso consiste contar, en provocar en el espectador reacciones. La pretensión de acercarse a una supuesta “realidad” es, en este sentido, tan ridícula como vana, más aún en este caso concreto, desde el momento en que la reconstrucción de las vidas de los violadores es pura suposición puesto que en ningún momento fue posible hablar con ellos.

La realidad, aceptémoslo cuanto antes, no existe en el arte. Toda narración cinematográfica es manipulación, punto de vista e interpretación de unos hechos, lo importante es que dicha narración resulte verosímil, para lo cual la experiencia, el sentido común y la tradición suelen ser valiosos consejeros. El espectador, en general  poco amigo de la confusión, prefiere que así sea.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>