“Lejos de los hombres”: los extraños lazos que teje la dignidad humana

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No siempre es sencillo tratar de adaptar al cine la narrativa de un gran escritor. La buena literatura pesa demasiado como para cambiarla de formato y que mantenga aquello que ha fascinado a millones de lectores. Se precisa uno de esos raros momentos de inspiración para que la adaptación logre elevarse con valor propio sobre el original. Ocurrió con El gatopardo, con Cumbres borrascosas y con algunas adaptaciones de Dickens. Poco más. Sin embargo la tentación es fuerte, y cada tanto la cartelera nos sorprende con un nuevo estreno basado en la novela de tal o de cual escritor.

Albert Camus ha sido llevado a la pantalla en varias ocasiones y en ninguna de ellas puede decirse que el resultado alcanzara la hondura de la obra literaria. Luchino Visconti lo intentó en 1967 con El extranjero, sin duda su obra más conocida, y a pesar de contar con Mastroiani en el papel protagonista la cosa pasó sin pena ni gloria. Otro tanto ocurrió con la versión de La peste que dirigiera el oscarizado Luis Puenzo en 1991, o lo propio que hiciera Gianni Amelio con El primer hombre. Declaro mi ignorancia sobre las restantes adaptaciones: el Caligula del húngaro Sandor Nagy o la turca Yazgi que al parecer adaptó nuevamente El extranjero. En los casos citados nos encontramos ante películas correctas, pero fácilmente olvidables.

 En la edición de Losada de El exilio y el reino, el cuento El huesped (L’hôte en el original) apenas ocupa veinte páginas. Sin duda no es el mejor de los relatos de Camus, pero le sirve para hacer hincapié en una idea constante en la mayor parte de su obra: la vida entendida como enfrentamiento entre la libertad de decisión del individuo y los condicionantes, muchas veces implacables, que le rodean.

Para quienes tengan fresco el relato de Camus, la historia no pasa de ser una anécdota: un profesor aislado en las montañas de Argelia en los años 50, en plena guerra de independencia, se encuentra con que debe conducir a un prisionero hasta una población cercana donde espera ser juzgado. El cuento coincide casi exactamente con el principio y fin de la adaptación cinematográfica, apenas 20 minutos; meritoria labor, por lo tanto, la del director, David Oelhoffen, al llenar de contenido una elipsis narrativa y dilatar durante hora y media un relato que apenas pasa de ser un esbozo.

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Mérito doble, puesto que ha sabido ver más allá de lo escrito y reflejar gran parte de las preocupaciones del autor franco-argelino, aquellas que giran en torno a la conciencia siempre presente de la libertad humana. El protagonista, Daru, un maestro de una escuela aislada en el Atlas argelino, no es sólo un hombre enfrentado a una situación límite, frente a la que cualquiera bajaría los brazos y se dejaría arrastrar; Daru es además, y por encima de todo, alguien  incapaz de soportar la injusticia en todas sus manifestaciones: desde el torpe abuso de un hombre sobre su semejante hasta aquella más profunda que va unida al mismo hecho de existir.

Frente al fatalismo de Mohamed, el prisionero, personaje de un laconismo lleno de resignación y desesperanza, Daru manifiesta la actitud del hombre rebelde, dispuesto a optar siempre por ese sendero que implica tomar las riendas de la propia vida, aunque esta conduzca a un desierto desconocido y alejado del hogar.

Viggo Mortensen y Reda Kateb construyen dos personajes sólidos sobre los que se apoya la narración, que avanza como una clásica historia de encuentros y aprendizaje, en clave de western. De su intercambio de miradas, de alimentos y de palabras depende gran parte del drama humano que contempla el espectador. Aquí el guión del propio Oelhoffen es eficaz tanto para plantear situaciones que hacen avanzar la acción como para ir retirando las capas de misterio que envuelven a los protagonistas, y mostrarnos cual es su naturaleza, su pasado, su condición.

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Acierta también al profundizar en las condiciones históricas en las que se desarrolla el relato, es decir la guerra de independencia de Argelia, y al trasladar dicho conflicto a un dilema personal, reflejo del que experimentaba el propio Camus: la imposibilidad de elegir bando. Obligado a elegir entre un pueblo que no es el suyo, pero al que le une la solidaridad que se establece entre los humillados, y por otro lado el pueblo que representa su cultura pero que potencia la injusticia, el protagonista no tiene más opción, para mantener su dignidad de hombre, que elegir la tierra, “ese vasto país que tanto había amado” y en el que estaba solo.

Es difícil saber lo que un autor como Camus hubiese pensado de esta versión de una de sus obras. Da la impresión de que David Oelhoffen parece conocer bien el trabajo del autor argelino. No estamos frente a héroes que se elevan triunfantes sobre las dificultades, ni ante grotescas representaciones de flaquezas humanas; contemplamos a dos hombres que están condenados a entenderse por la más vieja y práctica de las razones, porque vivir supone bregar continuamente contra lo inevitable de nuestro destino: la muerte, y en esa lucha descubrimos que el otro es siempre mejor aliado que obstáculo.

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