“Heimat, la otra tierra”: allá donde la poesía se hace cine

Heimat02Hay creadores que gustan de formatos pequeños, orfebres empeñados en poner todo su talento en las filigranas de un salero y otros, como es el caso de Edgar Reitz, que se embarcan en proyectos titánicos, sobrehumanos. Esto de la desmesura es muy propio del pueblo alemán, cuyo natural  idealismo suele ir acompañado de una disciplina y energía envidiables. Sólo así se entiende un proyecto como Heimat, que lleva desde hace más de 30 años narrando la historia de Alemania y convirtiendo en imágenes las ideas de quien lo creó. Aquí, con este espíritu nuestro, abochornado y ramplón, tratamos de hacer lo mismo y nos sale la saga de los Alcántara.

Entiendo que hoy en día recomendarle a alguien que pague por ver cuatro horas de cine alemán en blanco y negro puede resultar poco útil para ampliar nuestro círculo social. Por eso prefiero que los consejos cinematográficos vengan de otros que saben más y mejor. Y algo tendrá Heimat cuando un tipo tan mirado para los elogios como Stanley Kubrik la tenía entre sus series de TV favoritas. Hablamos de los años 80, y por supuesto de otra Heimat que no la recién estrenada, aunque no deja de ser la misma obra y el mismo director., aunque hable de otra época y de otros personajes. En un momento trataremos de aclarar este embrollo.

Heimat se ha convertido a estas alturas en algo más que un título capaz de entretener a los cinéfilos durante horas en Internet: ¿serie de televisión? ¿Película? ¿Miniserie? ¿Documental?. Heimat es todo eso y más, un proyecto audiovisual, narrativo y documental que busca reflejar una parte de la historia de Alemania desde su nacimiento como nación hasta la actualidad. Para ello el autor se inventa una población: Schabbach, ubicada en su región natal: el Hunsrück renano, y a través de las vicisitudes de una familia, los Simon, dibuja un impresionante y verosímil retrato de su país.

Al contrario del método creativo de Juan Gris, que, según él mismo contaba, partía de lo abstracto para llegar, por simplificación, a lo concreto, Reitz participa, no casualmente, de los presupuestos de la antropología y la microhistoria. Parte de lo concreto, de lo mínimo: una vida humana, con su red de relaciones, sus sueños, miedos y particularidades, y llega a proposiciones universales, que trascienden el primitivo objeto de estudio (el pueblo alemán) para abarcar al ser humano en su conjunto, y en último lugar a la Historia, como elemento dinámico e inabarcable.

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Heimat viene a significar nación, en el sentido de terruño o patria, como antaño  se utilizaba aquel término en castellano. Título que dice bien a las claras cual era la intención original de su autor: contar, en forma de ficción documental, la historia de sus ancestros, de la tierra de sus padres.

En esta última entrega, Heimat, la otra tierra (Die Andere Heimat – Chronik einer Sehnsucht) se nos habla de la historia de Jakob, un joven de una fina sensibilidad, que, nacido en el entorno chato y mostrenco de una aldehuela alemana, sueña con emigrar a Brasil.

Este estreno es el último jalón de un largo proyecto que viene de lejos y que, con el tiempo, cobraría dimensiones colosales.  Se estrenó en 1984 en la cadena de la televisión pública alemana ARD con el título de Heimat- Una crónica alemana (Heimat – Eine deutsche Chronik). Constaba de 11 capítulos con una duración variable (entre 55 y  138 minutos) ambientados en un periodo que abarcaba desde 1919 a 1982. Fue un rotundo éxito, que provocó su programación casi inmediata en otros países como el Reino Unido o EEUU. En España no deja de resultar curioso que solamente las cadenas autonómicas ETB y TV3 la emitiesen, ya a finales de 1985. El resto, mientras tanto, nos consolábamos viendo La vuelta al mundo de Willy Fog y el muslamen de Victoria Vera en Ninette y un señor de Murcia.

A aquella siguió, cuatro años más tarde, Heimat 2: Crónica de una juventud (Die zweite Heimat – Chronik einer Jugend) que, sin abandonar a la familia Simon, se aleja del ficticio pueblo de Renania para narrar a lo largo de 13 episodios las inquietudes y peripecias de un grupo de amigos en el ambiente cultural del Munich de la década de los 60.

Heimat 3: Crónica de unos tiempos cambiantes (Die Heimat – Chronik einer Zeitenwende) se estrenó en 2004 y en seis episodios de 90 minutos cada uno recoge la historia de los años que van desde la caída del muro de Berlín hasta la actualidad.

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A esto, que podríamos denominar el corpus central de la saga, hay que añadir dos entregas a modo de prólogo y epílogo.

La primera es un documental realizado en 1981, titulado Historia de la aldea del Hunsruck (Geschichten aus den Hunsrückdörfern) y que fue dirigido por Reitz durante la preproducción de la primera entrega televisiva.

Y Heimat: Fragmentos. Las mujeres (Heimat-Fragmente: Die Frauen ). Un único episodio de 146 minutos centrado en los recuerdos de la última descendiente de la familia Simon, con especial atención por los personajes femeninos.

En total estamos hablando de más de 56 horas repartidas en formato televisivo y cinematográfico y que alternan fotografía en blanco y negro y color. Un proyecto al que el autor ha dedicado con ejemplar perseverancia los últimos 30 años de su vida.

Y no deja de sorprender que ahora, a sus 83 años, Edgar Reitz siga como un titán y se atreva a completar el caudaloso melodrama familiar con esta nueva entrega que, sin perder de vista el pueblecillo de Scabbach nos remite a mediados del siglo XIX, cuando Alemania era apenas un proyecto de la cancillería prusiana. Y uno se pregunta ¿qué tiene Heimat para seguir, casí 30 años más tarde interesando a productoras y atrayendo gente a su proyección?

La respuesta, como siempre, está en la sala de cine, frente a nuestros ojos.

La pantalla se ilumina con un plano frontal de una aldea alemana. Una voz en off se abre paso a través de una música inquietante, mientras un caballo desciende por una calle lateral hasta un pozo situado en primer plano. La cámara sigue al animal en un elegante plano secuencia que nos lleva hasta una casa, y en ella una puerta abierta, de la que salen arrojados de un modo violento, primero un libro y luego un muchacho.

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El inicio de una película es siempre una declaración de principios. En este caso el espectáculo que vamos a contemplar en las próximas cuatro horas está, en esencia, ahí: la sencillez narrativa, el gusto por el detalle, la pureza de una fotografía minuciosa y la corrección de la puesta en escena, con un empleo tan académico como eficaz de los recursos cinematográficos: travellings, alternancia de primeros planos y planos medios con planos generales de una equilibrada belleza, planos secuencia narrativamente eficaces, y una voz en off que en lugar de subrayar completa los huecos que deja la imagen.

La película no es solo una recreación minuciosa de la cultura material y de las condiciones de vida de una aldea centroeuropea del siglo XIX, sino también de las mentalidades y del espíritu de la época. Lo que para la Edad Media ya hiciera Ingmar Bergman con El manantial de la doncella (1960)  Reitz lo repite con su Heimat, la otra tierra, pero para el Romanticismo tardío.

Cuatro horas, bien empleadas, dan para mucho, y Reitz no escatima tiempo en contarnos con imágenes algo tan sencillo y al mismo tiempo tan maravilloso como es el funcionamiento de las cosas, eso que el ritmo sincopado y el montaje fragmentario del cine actual nos han ido haciendo olvidar. En Heimat todo tiene una presencia material quasi táctil, ya sea un plato de gachas, el casco de un caballo a punto de ser herrado, o el bastidor de un telar artesanal; más aún, con un afán documental encomiable, Reitz nos traslada a un mundo ya apenas presente en nuestra realidad de ciudadanos del siglo XXI, pero resistente, en su modesta dignidad, al paso del tiempo.

Hay en Heimat una curiosa mezcla de nostalgia de la aldea y de protesta ante la pobreza y las injusticia que dicha vida campesina acarreaba. Una existencia condicionada por el paso cíclico de las estaciones, por la dureza de las tareas del campo y la precaria alimentación,  pero donde a las privaciones del invierno sucede el renacer de la vida y la alegría de la cosecha. Un tiempo circular, ya perdido, con sus propios ritmos, que son los de una naturaleza siempre presente con un tono majestuoso en la película.

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Un tiempo cuyo paso está narrado a dos niveles. Por un lado en el plano personal con la historia del protagonista,  Jakob, de sus sueños y de la victoria última de la vida. Por otro lado con el discurrir de ese inmenso río que es la Historia, la escrita con mayúsculas, cuyas alteraciones se van haciendo notar en el pequeño poblado de Schabbach con cuentagotas: en las primeras revueltas contra los derechos señoriales, en la llegada de la primera máquina a vapor, en el incipiente nacionalismo alemán, en las grandes emigraciones a América.

Gran parte de la culpa de este espectáculo sobrecogedor al que no nos queda otra que asistir boquiabierto, recae en la fotografía de Gernot Roll, que ha acompañado al director en todas las entregas de esta serie, salvo la tercera. Es un lugar común hablar de una fotografía excepcional cuando se trata de una película en blanco y negro, pero es imposible no admirar esos equilibrados encuadres, la majestuosidad de ciertos planos, y las contrastadas imágenes bañadas de luz con las que Roll ilustra tanto las ensoñaciones como los paisajes y la modesta existencia de Jakob. En ocasiones un elemento en color nos sorprende. Son insertos que fijan la atención en un detalle importante y  que refuerzan la viveza de un mundo que no por irreal es menos creíble.

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También la banda sonora del compositor y clarinetista Michael Riessler cumple en esta obra absoluta su papel. A modo de arqueología musical no sólo recoge aires populares que completan el cuadro de vida campesina, sino que sus piezas orquestales dan voz tanto a los estados anímicos del protagonista como a una naturaleza siempre presente, unas veces violenta, otras apacible, pero la mayor parte de las veces inclemente y amenazadora.

Queda, por último señalar un detalle al que pocas veces se le concede el valor que le corresponde, y que es la evocadora capacidad narrativa de la voz en off. Tras el guión de Heimat no hay solo un director deseoso de que todo encaje con precisión, hay un escritor excepcional, capaz de emular el estilo arrebatado del Romanticismo y la llaneza del habla rural. Para los que no dominamos la lengua de Goethe es imprescindible verse esta película debidamente subtitulada y apreciar su calidad literaria.

Película inmensa, como las novelas de Balzac o las óperas wagnerianas, con vocación de obra total, algo muy raro hoy en día, y que requiere por parte del espectador una entrega equivalente, una voluntad de dejarse envolver y admirar por ese sentido profundo de la creación artística que persigue emocionar, cantar a la belleza y también, por qué no, educarnos.

 

 

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