Una semana en Córcega: aceptable remake de una comedia de los 70

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La ligereza es una cualidad nada desdeñable. Cierta dosis de despreocupación y, si me apuran, de frivolidad cada tanto no hacen daño. Sobre todo para evitar caer en la enfermedad de darse demasiada importancia, que conduce sin remedio a aburrirse y a aburrir al prójimo. Dos terribles males. La gracia de un Tiepolo habla tanto de la desconcertante naturaleza humana como los atormentados claroscuros de un Caravaggio; puede que incluso más. Pero la levedad tiene la desgracia tanto en la vida, como en el arte de que a pesar de estar presente con la misma proporción que la intensidad se le presta, por parecer menos trascendente, una menor atención.

Y ligera es la última película de Jean-François Richet, director francés poco conocido por estos parajes,  pero con siete largometrajes a sus espaldas a lo largo de ya 20 años de oficio, incluido un remake del clásico de Carpenter Asalto a la comisaría del distrito 13. Richet es un realizador amigo de los ambientes urbanos marginales e inclinado a  una violencia más o menos soterrada. Aquí se desembaraza de todo eso y deja empapar su cámara del sol mediterráneo y de la agreste aspereza del paisaje corso.

Y lo hace con un trabajo de consumo fácil (que no siempre es sinónimo de haber sido fruto de un trabajo fácil) en un género, como es el de la comedia, al que no está muy –Por no decir nada– acostumbrado. Y de la experiencia el director sale airoso; no brillante, ni deslumbrante, ni estupendo, pero no olvidemos que en todo momento deambula por un territorio – Un tono, una intención, un relato – dominado por la ligereza, y esta es una materia que exige contención y buen pulso en el desarrollo de las secuencias para evitar caer en la astracanada y el consiguiente ridículo.

La obra no tiene nada de original, se trata de un remake de un guión y película de Claude Berri del año 1977 titulado entonces como ahora Un moment d’égarement, y de la que siete años más tarde Stanley Donen hizo la pertinente versión americana conocida en España como Lío en Río.

Pero falta de originalidad no es siempre falta de frescura. La historia de Berri va adaptándose a los tiempos y el bigotudo Jean-Pierre Marielle se convierte siete años más tarde en un repeinado Michael Caine, y en el 2015 acaba siendo un Vincent Cassel al que maldita la falta que le hace el Just for men,; pero aunque el personaje cambie fisicamente no deja de provocar el mismo sentimiento contradictorio en el espectador: esa mezcla de compasión y cruel regodeo ante sus torpezas de cuarentón desquiciado por los tientos de una juguetona adolescente, hija, para más inri, de su mejor amigo.

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Y así, dejando a un lado las ganas que le entran a uno de irse de vacaciones a Córcega, la película transcurre bastante entretenida, con situaciones ya conocidas, para quien se ha visto las versiones precedentes, pero que siguen haciendo sonreir. Imagino que ser varón y tener la misma edad que el protagonista ayudan al elemento empático, aunque, para qué engañarnos, juzguemos tan probable que una Lola Le Lann se nos vaya a arrimar como que el Videoton gane algún año la Champion’s League.

Contemplar la belleza desarmante, fresca y cruel de esa, nunca mejor dicho, lolita, será para muchos uno de los grandes atractivos de la película, como para otros lo será comprobar que Vincent Cassel se mantiene en plena forma con sus 48 añazos a cuesta; pero calenturas veraniegas aparte, la cinta ofrece algo más, al menos desde un punto de vista digamos antropológico: comprobar como ha evolucionado el concepto físico del cuerpo más allá del concepto mental de las relaciones desparejas en cuanto a edad.

No deja de ser curioso que el mismo rechazo inmediato, ese “sí pero no”, frente a una relación tan descompensada en cuanto a edad, se conserve desde 1977 hasta la actualidad. Uno, que no es Margaret Mead, aventura que probablemente se deba a un tabú cultural desarrollado por sociedades opulentas en las que encontrar pareja no es ya materia problemática y en las que la coyunda no tiene por objeto esencial ampliar la población. Sin embargo a lo largo de estos años no ha ocurrido lo mismo en cuanto al culto al cuerpo, cuya consideración ha ido cobrando cada vez más protagonismo y uniformización.

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Que un Jean-Pierre Marielle señorón y calvorota se haya convertido, en la nueva versión, en un Vincent Cassel aún cachas e indudablemente atractivo dice mucho de la expansión del modelo físico del cuerpo de gimnasio en una franja de edad cada vez más amplia. Algo ha cambiado cuando uno ve juntos a Cassel-Le Lann y no nos produce tanto disgusto como el tandem J-P Marielle- Agnès Soral, y no se trata únicamente del comprensible rechazo a la estética de los setenta… Piensen en ello.

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