“El padre”: La epopeya del hombre-desgracia

El padre01Según Thomas Carlyle la historia del mundo no es otra cosa que la biografía de los grandes hombres. Quisieramos, por justicia cervantina, creer que los grandes hombres no son más que peleles dentro de las corrientes generales de la Historia, y como tal intercambiables. A modo de catalizadores de las ideas imperantes en cada momento, surgidas del deseo y del descontento. En sus manos puede estar determinar el rumbo de la historia, pero siempre es a los pequeños hombres a quien les toca padecerla.

Y en este mayor o menor padecer hay de todo, como en botica. Hay hombres-fortuna, de vida muelle y regalada de la cuna a la tumba. Hay hombres-gloria, hechos para vivir en ese limbo llamado posteridad, hay hombres-vientre, cuya existencia se resume en una sucesión de procesos biológicos, hay hombres-conciencia, demasiado al tanto de su insignificancia y hay hombre-desgracia, que son aquellos que sufren las injusticias del mundo en sus carnes, como al que le pilla una granizada en mitad de un páramo. Sus vidas son un cúmulo de penurias y fatalidades.

En The cut (traducida imaginativamente aquí como El padre), Fatih Akin toma la vivencia de uno de estos desgraciados, en lo que tiene de única en sus detalles y de universal en sus sufrimientos, y construye un retrato fácilmente asimilable de los padecimientos  de gran parte de la humanidad.  Sin alejarnos demasiado geográficamente las tribulaciones de su protagonista, Nazaret Manoogian, podrían firmarlas, por ejemplo cualquiera de los refugiados sirios que actualmente se hacinan en los campos de refugiados del Líbano.

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Es conocida la frase de Hitler poco antes de iniciar la 2GM cuando, para curarse en salud ante lo que estaba a punto de provocar soltó aquello de: “¿Quién se acuerda hoy del exterminio de los armenios?”

Enfrentarse a un acontecimiento como el genocidio armenio no es asunto sencillo. No sólo porque sigue levantando ampollas sino porque su magnitud condiciona su tratamiento. La información, hoy en día, es abundante, y para quienes deseen saber más ahí está Internet y la red de Bibliotecas públicas, ambas, por ahora, gratuitas.

Para resumir diremos que la barbaridad se produjo en 1915, en un Imperio otomano tratando de reciclarse en estado moderno y en el que la población armenia, de credo cristiano, representaba, en la masa de un estado mayoritariamente musulmán, un elemento para ciertos poderes, sospechoso. El resultado fue la deportación y concentración de unos dos millones de personas en condiciones de extrema dureza, y en muchos casos su ejecución directa.

Por eso, a Fatih Akin, director alemán de ascendencia turca, hay que reconocerle valor. Tratar un asunto como este le tiene que haber costado no pocos desplantes de parientes y conocidos. El negacionismo sigue siendo, frente al genocidio armenio, una reacción instintiva en gran parte de la población turca o de ascendencia turca. Para arrostrar dificultades ha contado con dos ayudas fundamentales:  la colaboración en el guión de Mardik Martin y 16 millones de euros de presupuesto, que no es moco de pavo.  Rescatar de la inacción al veterano guionista de algunas obras maestras de Scorsese (Malas calles , Toro salvaje o New York, New York) probablemente le haya proporcionado ese aire de reposada experiencia a la narración. El dinero  de la producción internacional dos ventajas: poder rodar en localizaciones tan distantes como Malta y Canada o Cuba y Jordania y contar como protagonista con Tahar Rahim, cuyo rostro es un compendio de posibilidades humanas: desde el servilismo a la rabia desatada. Lástima que para una acción que transcurre a lo largo de 20 años resulten demasiado poco creibles los estragos y azotes del tiempo. Lo de añadir canas para ajar la mocedad es algo que ya se demostró en Gigante que no funcionaba

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Fatib Akin nos había dejado un buen sabor de boca con sus anteriores trabajos (Contra la pared, 2004, Al otro lado, 2007, Soul Kitchen, 2009) narraciones, todas ellas, acerca de la emigración, que le granjearon reconocimiento y premios en Cannes y Berlín. En esta ocasión decide cambiar el tiempo presente por el pasado siglo, y la nostalgia del que deja su tierra atrás por el desconcierto de quien es expulsado de ella. Se agradece en un director esa inquietud del cuentero, que le lleva a buscar otras historias con las que sorprender a su concurrencia.

En palabras de su director la película, más que reflejar las dimensiones del exterminio, buscaba narrar una historia de supervivencia y búsqueda y remover conciencias y opiniones de una y otra comunidad. El resultado ha sido dispar. Más que remover conciencias, la cinta no ha contentado ni a unos ni a otros, lo que suele ser normal en estos casos: a los turcos por parecerles una traición de uno de los suyos y a los armenios por considerarlo una intromisión que suaviza la realidad. Conclusión: son ganas de meterte en camisa de once varas.

Visto desde la óptica de un espectador alejado tanto en el tiempo como en la cultura de ambas comunidades, la obra de Akin se deja ver con gusto, aunque uno tenga la sensación de que aquello no acaba de elevarse, y no por falta de pista, ya que dura sus buenos 138 minutos, sino por cierta contención a la hora de afrontar la narración.

Akin trata de hacer una obra clásica, en sus planteamientos y estructura: una epopeya personal de padecimiento y búsqueda en un entorno digamos “exótico”. La combinación Amor, guerra, solazo del desierto y ropa de lino ha dado no pocas grandes obras, pero uno corre el riesgo de quedarse sepultado por los antecedentes y no pasar de ser una sucesión de clichés. Sin llegar a ser eso, El padre no pasa de un quiero y no puedo. Demasiado íntima para ser la película definitiva sobre el exterminio armenio y demasiado ambiciosa en tiempos y espacios para ser una sobrecogedora historia de superación personal. Segunda conclusión: lo que hizo Spielberg con La lista de Schindler está al alcance de muy pocos.

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Lo que si consigue, es una obra que en ningún momento se eleva más allá de la óptica personal, y eso, desde un punto de vista narrativo crea una empatía inmediata con el espectador. A pesar de la magnitud y trascendencia de los hechos narrados (en torno al millón y medio de muertos, cientos de miles de desplazados) la película se mantiene en el terreno de la tragedia personal, compleja y llena de grises, de este hombre zarandeado por la vida.

La Historia, entendida como un acontecimiento concreto, adquiere con el tiempo el carácter de una fuerza fatídica que condiciona y concentra en una informe ola los destinos de miles de personas. Pero esta historia sirve únicamente para ubicar los acontecimientos, a modo de escenario en donde el ojo escrutador y curioso pueda fijar sus referencias. Cuando ajustamos la lente descubrimos que el acontecimiento no existe, se disgrega en miles de historias que, en último grado, se reducen a una narración personal, a una decisión, en muchos casos a un azar.

Al final, como bien cuenta Fatih Akin, todo acontecimiento humano se reduce a personas: desde el decreto del poderoso que arrastra en su injusticia a millones hasta la decisión de un hombre sin importancia que ha de empuñar el cuchillo para degollar a otro. Vivir y morir es siempre una decisión, que por desgracia recae, a veces, en manos de otro.

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