“El duque de Borgoña”: La paradoja del deseo

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Tiene la apariencia de una película calentabraguetas de los 70, de esas que se hacía Sylvia Kristel para deleite del personal rijoso. Mucho desenfoque prismático, mucho tra-la-la musical de fondo, mucho primer plano de ojazos y esa mezcla curiosa, a lo Chaterley, de exquisitez novelesca y de campestre “aquí te pillo aquí te mato cordera”. Pero tras todo ese homenaje retro, no exento, todo hay que decirlo, de cierta caspa, se esconde un interesante experimento cinematográfico, de lo más interesante que haya podido verse en los últimos años.

Su director es el inglés Peter Strickland (Reading,1973), y el título puede engañar a más de uno. Ni publicita una marca de vino tinto ni se trata de una historia ambientada en el desaparecido principado medieval, a pesar de que el cine histórico sea un género que los británicos trabajan mucho y bien. El nombre corresponde a un tipo de mariposa de la familia de las Riodínidas: la Hamearis lucina.

Y de mariposas, mujeres, fetichismo, ataduras de muñecas, humillación y sumisión va todo esto. Y de amor, por supuesto.

Uno es parafílico hasta el tuétano, que es como venir a decir que se es un salido cultivado, y por esa razón luzco perilla, para no inducir al error. Es bueno reconocerlo antes de proseguir,  porque imagino que habrá gente, de esa que destina el órgano genésico sólo a la procreación, a quienes la película de marras les dejará que ni fu ni fa. Ellos se lo pierden, porque calentamiento aparte, el universo erótico es una de las cosas más divertidas y entretenidas que ha creado el ser humano, sin necesidad de ir proclamando a los cuatro vientos los gustos, preferencias y debilidades de cada cual. Esas exhibiciones, aparte de mal gusto, demuestran escasa capacidad de recreación, que es una de las claves del erotismo. Desanudar un corsé bajo una cama con baldaquino y con música ambiental de John Dowland puede ser mejor que recurrir a la biagra, pero desanudarlo en un bar de Malasaña, borracho hasta las corvas, y con Lady Gaga como fondo sonoro es precipitarse al ridículo y al cretinismo.

Porque El Duque de Borgoña habla precisamente de eso, de la teatralidad de la erótica, de su asumido artificio, de la mentira y de la excitación en que se regodean la entrega y el autoengaño de los juegos sexuales. Habla de eso con una elegancia que se echa en falta en las pantallas cuando se trata de narrar a dos personas gozando una de la otra. Es una pequeña obrita de arte que no va a llamar demasiado la atención, pero que quedará en las filmotecas como una rara avis, exquisita, sutil, curiosa, por momentos inquietante, y sumamente estimulante.

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Es película que por su temática pasará rápidamente a ser materia de culto de tríbadas y entomólogos. Unas y otros tienen en esta cinta materia de sobra para deleitarse. En lo primero gracias al acierto a la hora de elegir a las actrices: El funcional diseño escandinavo de la madura Sudse Babett Knudsen encaja a la perfección (nunca mejor dicho) con la ambigua inocencia de Chiara D’Anna, y  entre ellas el deseo, que es territorio tan íntimo como insondable, teje complejos encajes hechos de lo que esta hecho el deseo: inseguridades, ansias, pequeñas crueldades y temores. Y una miaja de necesidad orgánica, no nos vayamos a pasar de espirituales…

La película, sin ser opaca, no tiene pretensión de claridad, ni falta que le hace. La narrativa se reduce, en un sentido puramente sádico, a la repetición y a cierta dosis de humillación y sometimiento, no carente de ironía; porque sin humor, y eso es algo que el maestro Berlanga sabía muy bien, el juego erótico, y no digamos el puramente sexual, no pasa de ser un encontronazo de carnes y un rezumar de fluidos por todos lados. Por fortuna, Peter Strickland es lo bastante inteligente para ahorrarnos las consabidas escenas de cama filmadas con la pacatería de quien quiere y no puede hacer pornografía, al estilo de Juego de Tronos, por poner un caso. Las escasas secuencias de pura carnalidad, están hechas con un buen gusto admirable. Uno ha de remontarse en el recuerdo a Mullholland Drive de David Lynch para sentir de nuevo esa envidia al imaginar el placer que pueden provocarse dos mujeres bajo una sábana.

Pero la simplicidad narrativa encierra, como suele ocurrir en estos casos, una complejidad estructural que el espectador ha de ir desentrañando: en los juegos eróticos es difícil discernir quien impone las reglas y quien se deja arrastrar por ellas. Es un mundo de equilibrios y finuras conceptuales unas veces consentidas y otras inesperadas: la frontera donde la libertad se pone a prueba a sí misma. La entrega amorosa tiene siempre un algo de claudicación, y en ese punto incierto, en donde el cuerpo y el razonamiento cruzan desafíos e interrogantes, es donde la cultura humana, entendida como tensión entre lo íntimo y lo social,  entre lo espontáneo y la abaliedad alcanza una de sus cotas más alta de complejidad.

Peter Strickland es junto con Ben Wheatley (A field in England, 2013) y David Mackenzie (Convicto, 2013) uno de los alumnos aventajados de la nueva hornada de cine británico. Que siempre parece nuevo porque carece del autobombo de otras cinematografías, pero que siempre ha estado ahí, con creaciones de una pasmosa frescura. En este caso lleva a cabo un trabajo lleno de referentes. El Coleccionista de William Wyler, el erotismo camp del prolífico Jess Franco, o el Buñuel de Belle de Jour son los más evidentes. Andar citándolos todos es cosa bastante pedante, como de entendidillo de cine. Es mejor en estos casos que el director explique por sí mismo sus influencias, tal y como hace aquí . Aun así, a poco que haya visto uno, El duque de Borgoña supone un batido cinéfilo de lo más delicioso, endulzado por la banda sonora del  grupo psych-pop Cat’s eyes que participa en esa intencionalidad evocadora, por medio de una voz que nos recuerda vivamente a aquella otra de Françoise Hardy.

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Podría parecer que el recurso a los lepidópteros, que en ocasiones saturan la pantalla con sus formas, no es más que una excusa estética, si bien su elección no es casual. Las metáforas se despliegan como alas de mariposa: belleza, fragilidad, metamorfosis, encierro, repetición, tienen sus equivalentes en los juegos sexuales de las dos protagonistas. El universo en el que se desarrolla la historia es exclusivamente femenino, como lo es en el imaginario popular la figura de la mariposa. La conclusión está también cargada de simbolismo: Esa búsqueda del placer a toda costa, está condenada a precipitarse en aquello de lo que huye: el hastío.

Tal y como contara Kubrik en Eyes wide shut la paradoja del deseo es que el intento de perpetuarlo arrastra su propia ruina. Sin la rigidez de unas fórmulas que lo ciñan a un escenario hermético, impermeable a la vulgaridad de la ramplona realidad, el deseo acaba por diluirse en pura mecánica de cuerpos. Pero, al igual que ocurre con el coleccionismo de mariposas, ese ansia por conservar el placer conlleva algo de perverso y de ajado: en su afán por eternizar la efímera belleza del encuentro se condena a la naturaleza a la monotonía de lo previsible.

Hay algo en la vida capaz de excitar los sentidos, más allá de su mera contemplación, y es lo inesperado de sus ritmos, lo imprevisible del siguiente aleteo. El ritual permite, mediante fórmulas esclerotizadas, prolongar en el tiempo lo extático de la experiencia sensorial, pero dicho ritual no es gratuito, sino que exige un sacrificio: el sacrificio de lo vivo.

3 pensamientos en ““El duque de Borgoña”: La paradoja del deseo

    • Gracias Andrea. El sombrero me lo quito yo ante su buen gusto, y me refiero a la película, no a mi reseña. ¡A seguir disfrutando del buen cine!

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