“Aguas tranquilas”: ¡Por fin cine!

still-the-water01Reseñar una obra admirable sin caer en los consabidos tópicos es complicado. Al crítico y a las conservas se les exige etiquetas. A poder ser bien resaltadas en negrita. Pero ante la experiencia artística capaz de conmovernos sobran las palabras, más aún si el tiempo y el uso las ha vaciado de significado. Mejor sería decir: “siéntense, abran bien los ojos y disfruten. La vida les regala cada tanto cosas así.” 

Comencemos con que la película cuenta algo, que no es moco de pavo. Cuenta dos historias que transcurren al mismo tiempo y se rozan. Y a partir de ese punto, de lo particular, su sentido asciende paulatinamente a lo universal, a lo que trasciende del momento y lugar, como ocurre siempre con las buenas creaciones.

Aguas tranquilas arranca con una declaración de principios, de doble intención, cinematográfica y narrativa: Un mar agitado, con olas que rompen contra la playa, y a continuación la bajamar de la madrugada apacible. Sería fácil relacionar esas imágenes con el icono del arte japonés por antonomasia, pero dudo mucho de que vayan por ahí los tiros, y de ser así, sólo para decirnos que el cine es esencialmente imagen. Imagen dotada de fuerza, interpretable, simbólica y ordenada secuencialmente. Primero la agitación, a continuación la calma. Eso en cuanto al cine.

Con respecto a la narrativa, el comienzo nos anuncia que el protagonista último de esta historia es la Naturaleza, su fuerza irresistible, lo implacable de sus ritmos, su supremacía, en definitiva. “Ante la naturaleza hay que ser humilde” dice en un momento Tetsu, el padre de la protagonista. Mensaje inequívoco de lo que se quiere contar.

A partir de ahí la película muestra vocación de cine clásico, porque sin obviar la época en la que se desarrolla es capaz de narrar con la sencillez de los grandes maestros del pasado: hay una historia, o varias, unos personajes que nos conmueven, un escenario que se nos hace familiar. Hay diálogos y momentos memorables, de una emotividad dolorosa. Hay aceptación del ser humano tal cual es, piedad por sus arrebatos y dudas, comprensión por su insignificancia, admiración por lo hermoso de sus afanes y sacrificios.

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Kyoko y Kaito son dos jóvenes en una isla de Japón azotada ocasionalmente por tifones. Como cualquier adolescente a su edad experimentan cambios que no saben muy bien como procesar. Cada cual arrastra su propia historia, que encierra, al igual que cualquier historia personal, una parte de tragedia, de compartida humanidad y de insospechado egoísmo. Kaito, el muchacho, viene de una familia rota y vive con una madre siempre ausente. Kyoko es una joven a punto de perder a la suya por culpa de una enfermedad incurable. Ambos están enamorados, a pesar de que la torpeza les sella la boca; los dos viven una etapa de desconcierto, necesaria para atisbar algo de sentido en esto tan arduo y al mismo tiempo tan sencillo que es vivir.

Es difícil hacer buen cine acerca de esa edad problemática, irritante y, vista desde la distancia, risible, como es la adolescencia. Debe uno saberse situar en el momento, echar la vista atrás y no juzgar. Mostrarse compasivo y evitar tanto la idealización como el escarnio. El paso a la madurez es, como todo periodo de transición, un cuadro confuso, y su trascendencia, si es que la tiene, no reside en las reflexiones que genera, en esencia fungibles, sino en el hecho mismo de que se trata de un abrirse a la vida, de un descubrimiento de uno mismo, del mundo y de la relación entre ambos.

Hablar de eso, de ese azoramiento e impericia, es lo mejor que nos ha aportado el cine que ha tratado con seriedad el tema adolescente, pretender, por el contrario, pintar personajes que son proyectos de futuros interesantes, conduce por lo general al ridículo. De ahí que el mejor cine de este tipo sea aquel que se centra en las emociones y no en los diálogos. De un niño pueden esperarse grandes frases porque el lenguaje aún no ha sufrido la erosión de los complejos y las tristezas de la vida. Un adolescente es materia delicada. Abandona la infancia, con todo lo que ella implica de inocencia y alegría, y penetra con pasos torpes en el escabroso territorio de la edad adulta, desengañada, cínica y en muchos casos excesivamente lúcida.

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Aguas tranquilas se sumerge en estos rudimentos juveniles de vida con piedad y sosiego, regalándonos una película dotada de una cualidad profundamente humana, germen de toda poesía. En ese sentido desprende una rara filosofía, rara para los tiempos que corren, en los que las propuestas estéticas suelen ir asociadas más a la quiebra que a la contemplación. Como su título indica, habla de la reconciliación con lo que nos rodea y nos sucede. Es la antítesis misma de la crispación, es una discreta celebración de la vida, con todo lo dolorosamente hermoso que ésta entraña, incluida la decepción , el sufrimiento y la muerte.

La directora Naomi Kawase, con un amplio historial a su espaldas, es la responsable de este gozo para los sentidos. Realizadora japonesa de la cosecha del 69, un buen año, muestra, en este, su último largometraje, rasgos de dominio del oficio. Uno de ellos es saber ajustar la mirada al objeto. Por ejemplo, mostrarse tierna y compasiva en el plano corto y dramática en el plano general, y trasmitir una especial sensibilidad por el retrato de la Naturaleza, ya sea el enrevesado espacio de un manglar, el juego de veladuras entre las nubes y la  luna llena, o el furioso romper de las olas. Repite aquí también escenas muy de su gusto, como son las improvisaciones al margen del guión. En esta producción hay unas cuantas, dejo al espectador el placer de averiguar cuales son.

No creo que sea casual que esta película sea obra de Naomi Kawase, una directora. Sustantivo femenino singular. Hay una innata afinidad con la vida por parte de las mujeres, y si realmente cuentan con una voz propia en esto de interpretar y narra la realidad, creo que se encuentra precisamente ahí, en esa comprensión y aceptación última de las cosas, en ese espíritu conciliador frente a la existencia.

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Buen cine en definitiva.  Del tipo que no sólo nos da una buena historia, sino que nos deja escenas inolvidables. Aquí las hay. Momentos filmados en un especial estado de gracia: como esas reflexiones sobre la ciudad de Tokio, esa ternura familiar contada sin gazmoñería, o la escena de agonía más bella que uno haya visto en los últimos años; hay también amor encontrado en una mirada y una aceptación del fin de los seres vivos que asombra por lo adulto y ajeno a la corrección política. Es una película madura, por momentos incómoda, pero intensa, que no busca agradar al gusto impuesto por cursis y publicistas, sino que hunde sus raíces en lo real, en la contemplación de lo real, sin artificios, sin tratar de descomponerlo ni de desentrañar un sentido oculto, sino con la beatitud de la admiración por un espectáculo tan sencillo como emocionante: la vida.

No hay menos poesía que cuando se está empeñado en crearla. Eso que se llama poesía es materia que impregna todo y que simplemente actúa de filtro entre el objeto y el ojo que lo contempla. Filtro que adopta múltiples formas: una imagen, una sucesión de notas musicales, de palabras. Lo poético reside en lo más sencillo, y es esa la materia de la que se sirve el auténtico creador. Y en ese sentido no hay materia deleznable, lo puede ser únicamente su exposición: ahí reside el mérito del artista, en convertir el barro en hombre. Lo mundano en sublime. Aguas tranquilas se sirve de elementos al alcance de cualquiera y compone una obra sobrecogedora con vocación de eternidad, por la belleza que desprende y por su capacidad de armonizar al hombre consigo mismo, con sus semejantes y con el lugar que le ha tocado vivir.

Título original: Futatsume no mado (2014, Japon-Francia-España, 121 min.)

Estreno en España: 10 de abril de 2015.

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