Samba: Tragicomedia de un emigrante sin papeles

samba1

Lo diré sin ambages: admiro profundamente el cine francés, independientemente de la opinión que me merezca ese curioso pueblo al otro lado de los Pirineos, adoro su cine. Admiro su respeto por el espectador, admiro su constancia, admiro su falta de vulgaridad, su variedad de registros, la calidad de sus intérpretes, su vocación de alejarse de lo efímero y en su lugar dejarnos grandes obras. En eso, como en muchas otras cosas tenemos bastante que aprender de nuestros vecinos.

Emile Zola llamaba a los pintores impresionistas “actualistas” porque en lugar de buscar la evasión a través de la temática mitológica o historicista, centraban sus obras en la realidad del aquí y ahora. El cine, aunque gustemos cada tanto de evadirnos con otras épocas y lugares, pasados, futuros, lejanos o ficticios ha de ser también “actualista”. Centrar la mirada en lo que sucede alrededor es una de las más hermosas funciones del arte, y muchas veces no hace falta más que eso para crear una obra sublime.

Con Samba, última producción de la pareja de directores Eric Toledano y Olivier Nakache queda demostrado que puede hacerse un cine que ahonde en la problemática social sin resultar deprimente ni ordinario. En nuestro país el mejor cine de ese tipo lo ha hecho León de Aranoa, aunque con una tendencia a cargar las tintas en el aspecto más triste de la realidad. Es algo muy español, eso de revolcarse en la miseria, forma parte de nuestro culto por lo grotesco, que por otra parte ha dado grandes obras de arte.

El cine británico también cuenta con una fértil tradición de eso que se ha dado en llamar cine social, y desde Sábado noche, domingo mañana (Karel Reisz, 1960) hasta prácticamente toda la filmografía de Ken Loach su cine ha seguido una senda siempre estrechamente unida al tono documental que le es tan grato, si bien hay que reconocer que todo lo que viene de las islas con aire obrero tiene un tufillo de violencia soterrada que asusta un poco.

En Italia el Neorrealismo dio, por sí solo, nombre a un género de honda preocupación por el momento y el lugar contemporaneos. Pero ¿Qué ocurre con una de las cinematografías más influyentes de Europa como es la francesa?

SAMBA

La imagen habitual del cine francés es la de un cine con cierta carga poética, cuando no trascendente; más preocupado por presentar situaciones de conflicto personal que por los efectos de una realidad determinada sobre el individuo. No deja de ser un tópico con cierta dosis de verdad referirse a él como un cine de diálogos entre gente que no se sabe muy bien como se gana la vida. Sin embargo, tópicos aparte, la temática social no le es ajena y son muchos los directores que han sabido enfrentarse a la más cruda realidad con una mirada lúcida y valiente: Lo hizo Bertrand Tavernier con la maravillosa Hoy Empieza todo, que debería de ser de proyección obligatoria en el Ministerio de Educación de este país. Mathieu Kassovitz analizó la conflictividad de los barrios suburbiales en su tensa El Odio, y Laurent Cantet nos ha dado dos grandes obras sobre la deriva que lleva nuestra sociedad: Recursos humanos y La Clase.

Son los directores Eric Toledano y Olivier Nakache, responsables de la divertida Intocable, quienes en esta ocasión toman el relevo y, desde el punto de vista tragicómico al que nos tienen acostumbrados, se enfrentan con un problema tan actual como candente: la emigración.

Francia es un país de tradición hospitalaria. La emigración ha sido una fuerza motriz en su desarrollo y un rasgo de su cultura. Desde Leonardo da Vinci a Milan Kundera el país del hexágono ha sabido construir una impronta cultural propia por medio de esa rara alquimia consistente en renovar la savia sin perder la esencia.

Pero lo que en cultura son parabienes y loas a la Culture, dicho así, con mayúsculas, en lo social ha sido harina de otro costal, y desde hace décadas las poblaciones emigrantes hacinadas en el extrarradio de las grandes ciudades suponen un problema de difícil solución.

samba2

De los diversos posibles enfoques Samba decide centrarse en el más humano de ellos, el de la vida cotidiana del sin papeles. Y se adentra en esta realidad sin los dramatismos y desgarros emocionales tan al uso en esta península nuestra. Contempla tanto el desasosiego de la vida en continuo temor a la expulsión, como la decepción personal de los empleos basura, o la pérdida de identidad derivada de la huida sin descanso. Pero también sabe mostrar la vida picaresca del que vive al margen de la ley, del excluido, así como la compleja trama de relaciones laborales, legales y humanas que dicha situación genera.

“Para ser un sin papeles tengo un montón de ellos” dice en un momento uno de los personajes, mostrando una carpeta hinchada de documentos. “Sí, pero ninguno de estos vale” le responde la atribulada asistente social interpretada por Charlotte Gainsbourg. Ahí se resume gran parte del problema: se trata de ciudadanos sin ciudadanía, personas que trabajan y contribuyen al desarrollo de una sociedad que les niega al mismo tiempo su derecho legal a pertenecer a ella.

Uno de los mayores aciertos de la película, y del cine francés en general, es el altísimo nivel de sus intérpretes. No es nada nuevo que la Gainsbourg borde su papel. En la actualidad no hay actriz que la pueda superar en eso de transmitir vulnerabilidad. Omar Sy está también inmenso, no sólo por su físico devorador de encuadres, sino por la química que genera tanto con sus compañeros de reparto como con el espectador. Se trata de un actor nato, con un carisma especial y que sabe aprovecharlo. Hay que añadir a estos dos la presencia, siempre interesante, de Tahar Rahim el protagonista de otro éxito del cine francés: Un profeta, actor en estado de gracia, capaz de transmitirnos a un tiempo ese aire de desconfianza permanente hacia el entorno como de vitalidad irrefrenable.

01_00003_ty

Si a todo lo dicho le añadimos una banda sonora muy bien escogida, con presencia del emotivo Ludovico Einaudi, es difícil que el resultado no funcione. No es el caso. El tandem Toledano-Nakache sabe equilibrar en todo momento lo dramático con lo cómico sin precipitarse ni en la risa ni en la lágrima fácil. Y ello gracias sobre todo a un guión redondo, muy bien trabajado, que no priva nunca al espectador de esa sensación de ser el observador casual de un “día a día”, pero que además oculta una trama concreta sobre un ser humano complejo, desnortado, asustado, en continuo estado de elemental supervivencia y que por alguna extraña razón responde al sonoro  nombre de Samba.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>