Cédric Klapisch: cine comprometido con la vida

nuevavidaennyCédric Klapisch tiene un rostro afable que transmite sosiego, y su conversación no traiciona esa primera impresión: la misma sensación que produce arrellanarse en un sillón orejero. Y no deja de ser paradójico, porque si algo caracteriza su cine es la dinámica existencial, un tanto frenética, que, por momentos, sacude a sus protagonistas.

Un buen ejemplo de ello es Nueva vida en Nueva York (Casse-tête chinois, 2013), película que cierra nueve años después de Las muñecas rusas (Les Poupées russes, 2004) las peripecias vitales de Xavier, aquel atribulado estudiante que en la primera parte de la trilogía (Una casa de locos, 2001) compartía piso en Barcelona con otros compañeros del proyecto Erasmus.

El cine de Klapisch es evidentemente urbano; ligado al modelo de gran ciudad occidental. Y lo es visual y narrativamente, tanto en las imágenes como en la manera de contarlas: directa, acompasada a la escena y carente de toda retórica. Cuenta además con la rara virtud de ser capaz de mostrarnos el tejido urbano de un modo luminoso, vitalista, pero al mismo tiempo alejado de los tópicos propios de la postal turística.Ya lo hizo con Barcelona en Una casa de locos, con Paris en la cinta del mismo nombre y ahora lo vuelve a repetir con Nueva York en, este, su último trabajo.

Responsable de gran parte de ello es la banda sonora. Desde sus primeros trabajos, Klapisch deja esta en manos de Kraked Unit, nombre o marca tras la que se esconde Loïc Dury, director durante años de Radio Nova, un referente, en el país vecino, de las tendencias musicales más actuales. Y así, del mismo modo que la metrópoli moderna es considerada un crisol de culturas, pueblos, estratos sociales que se relacionan y tiempos que se superponen, sus bandas sonoras son una especie de cajón de sastre en donde uno encuentra de todo: desde hip hop hasta jazz, desde música electrónica a musette; un reflejo, en definitiva del caracter heteróclito y complejo de la gran ciudad.

De todo esto y de su particular visión del cine hablamos en una cómoda sala del Hotel Intercontinental de Madrid.

Mundoplus: ¿Intocable, Le prénom, Guillaume y los chicos ¡A la mesa! … y ahora Nueva vida en Nueva York, piensa que el cine francés está pasando por su etapa dorada dentro del género de la comedia?

Cédric Klapisch: Creo que el cine francés, en general, atraviesa un buen momento, pero no me atrevería a establecer un vínculo entre películas tan diferentes; en lo que a mi respecta, al menos, he tratado de hacer una obra personal que no guarda relación con el resto de comedias citadas.

M: Romain Duris, el actor que interpreta a Xavier, el protagonista de Nueva vida en Nueva York, ha trabajado con Vd. en siete proyectos. ¿Qué tipo de relación se establece entre director y actor tras una colaboración tan continua?

C.K: Me gusta la fidelidad entre un director y un actor, caso de John Ford-John Wayne, Scorsesse-Di Caprio o Tim Burton-Johnny Depp; se establece una química especial en pantalla que va más allá de lo meramente cinematográfico y que habla de la amistad. En ese sentido he tratado de desarrollar mi relación con Romain Duris, para mi no es sólo mucho más comodo trabajar con alguien a quien conozco y he dirigido en tantas ocasiones, sino que permite que parte de esa relación sea percibida por el espectador.

unavidaenny2M: Esta película cierra una trilogía que comenzó en Barcelona a principios de siglo y finaliza en Nueva York doce años más tarde. A lo largo de este periodo se puede observar una pérdida de ilusión por parte del protagonista que creo es intencionada.

C.K: La primera película se sitúa en Barcelona y es un ejemplo de la Europa en construcción, un proyecto que por aquel entonces generaba muchas esperanzas. Esta última cinta habla de la globalización, entendida como algo enriquecedor. Nueva York me pareció el ejemplo perfecto de esto. La crisis actual en realidad produce un miedo a la movilidad, pero de todos modos soy optimista: la gente que está en estos momentos fabricando Europa son todos ellos personas que participaron en el programa Erasmus y que están imbuidas de su filosofía. El principal problema al que nos enfrentamos en estos momentos es el nacionalismo, que actúa como una fuerza centrífuga y que no deja de ser una enfermedad eminentemente europea.

M: Vd. da una gran importancia al escenario. La elección de Nueva York no es, por lo tanto, casual. Por otro lado es una ciudad que conoce bien ya que estuvo hace más de treinta años allí estudiando. ¿Qué diferencias ha percibido, y retratado, entre el Nueva York que conoció a mediados de los ochenta y el actual que refleja su última película?

C.K: La ciudad ha cambiado muchísimo. La ciudad que yo conocí en los ochenta era una metrópoli sucia y agresiva, divertida y dinámica, pero dura. Era la ciudad en la que estaba naciendo el rap, y donde las drogas causaban estragos, una ciudad muy interesante e intensa para vivir en ella. Ahora es una ciudad mucho más burguesa, más chic, más comercial; muchos de los barrios son áreas meramente turísticas. Ahora es mucho más segura, pero en ese proceso ha perdido parte de su alma. Por otro lado después del 11 de septiembre ha habido un cambio en la actitud de la población que ha pasado a ser menos individualista y mucho más solidaria.

M: Pese a su desconcierto Xavier es un hombre con recursos, que actua, que toma decisiones. Es como si su complicación existencial tuviese más que ver con un exceso de reflexión que de la propia vida que lleva, porque se sabe desenvolver bastante bien. En un momento de la película Martine le comenta a modo de consuelo: “tu no has vivido en China” Querría saber si comparte ese punto de vista, ¿Cree que es necesario, desde la posición del hombre occidental, relativizar un tanto nuestros problemas, quitarles “gravedad”?

C.K: Mis padres vivieron una guerra, y es inevitable que cuando comparo mi situación con la suya la realidad coloque cada problema en su punto justo. No se trata de minimizar unos con relación a otros, sino de saber a que tipo de pruebas nos estamos enfrentando, y sobre todo ser capaces de ver que incluso en las circunstancias más difíciles la vida continúa. Creo que siempre hay que estar del lado de la vida, porque tenemos la obligación de ser optimistas y no incrementar la cantidad de tristeza en el mundo. Mi cine, evidentemente, refleja esta postura vital.

Cualquiera que siga la trayectoria de este director podrá comprobar que este último comentario no es casual. frente al tan cacareado cine comprometido klapisch apuesta por un compromiso con la vida, por reflejar sus contradicciones y sus miserias, sin perder de vista esa gran niveladora humana que es la sonrisa.

nuevavidaenny3El cine siempre ha sido un reflejo de la sociedad de la que se alimenta, y es evidente que una parte del cine actual ha decidido dar de lado al éxito y centrarse en personajes que no son precisamente triunfadores. Es el camino emprendido por la alemana Oh Boy (Jan Ole Gerster, 2012) y las americanas Frances Ha (Noah Baumbach, 2012) e Inside Lewynn Davis (hermanos Coen, 2013) entre otras. Sea por el progresivo empobrecimiento de una clase media que sustenta y genera cultura, sea porque se ha agotado realmente aquel modelo representado por Gordon Gekko en Wall Street (Oliver Stone, 1987) parece que el público actual se siente más interesado por vidas desestructuradas o sin rumbo que por otras con los objetivos claros. Klapisch, con una visión más amable, no es ajeno a esta tendencia y su último trabajo tiene por protagonista a un hombre sumido en la confusión, que a sus cuarenta años ha de rehacer su vida en otra ciudad, y todo por aferrarse a un sueño de felicidad al que no acaba de dar forma.

Es dificil no sentirse identificado con Xavier: es el trasunto de ese hombre moderno, que ha alcanzado su meridiano vital sin llegar a desprenderse de su juventud. Alguien lleno de recursos: idiomáticos, sociales, de experiencias anteriores, pero al que llena de indecisión el exceso de estímulos propio de la sociedad moderna. Resulta significativo que, a pesar de ser escritor, el protagonista, interpretado con una naturalidad encantadora por Romain Duris, sea incapaz de dar respuesta a las numerosas preguntas que le salen al paso, y que en muchos casos el silencio sea su única réplica. Al fin y al cabo escribir tiene más de búsqueda que de afirmación. “Escribir es buscar los fantasmas del futuro, porque los del pasado han quedado atrás y ya no existen” se dice en un determinado momento de la película.

Algo que es extensible al cine de Klapisch, que no olvidemos es también autor del guión de esta trilogía: un cine en apariencia ligero, tal vez porque en lugar de lanzar una crítica acerba hacia el mundo que le ha tocado vivir, prefiere narrar sus complejidades, sustituyendo la gravedad de la nostalgia, siempre mejor publicitada de cara al público, por una visión de la vida atrevida y esperanzadora, porque en el fondo la vida no es otra cosa que eso, lo que se va colando, sin apenas darnos cuenta, entre esas piezas del rompecabezas que día a día tratamos de montar.

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