“Casi 40″: la naturalidad cautivadora

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Un veinteañero David Trueba, milimétricamente observado por la crítica al ser el enfant de los Trueba, se presentó en el orbe cinematográfico con su ópera prima, La Buena Vida, protagonizada por los entonces adolescentes Lucía Jiménez y Fernando Ramallo. Ese vínculo mayestático entre los actores y el nobel director aportó a la filmoteca una película distinguida y de culto.

Casi 40, en un formato roadmovie nos retorna a los protagonistas una veintena de años después. El argumento es sugerente, dos amigos se reencuentran para realzar la carrera musical de ella (Lucia Jiménez), realizando una serie de conciertos íntimos, con el aval de su amigo(Fernando Ramallo), un vendedor de productos cosméticos que intenta ayudar a su amiga con el objetivo de que vuelva a cantar, le interesa compartir ese camino para descubrir lo que pasó en su romance adolescente. Movido por los sentimientos que hay entre ellos y por conocer en que punto vital se encuentran.

Los actores mantienen momentos brillantes en sus diálogos, desarrolla una red de conversaciones que van desde el interés por recuperar sus carreras artísticas hasta el hastío vital. Lucia Jiménez no cae en una interpretación nostálgica, lo compensa por un desdoblado vigor segoviano.
Fernando Ramallo mantiene esa brillantez con una escucha activa a Lucia, casi espiritual.

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La película intrínsecamente es sagaz, esquiva los frenesís dialécticos incesantes por un léxico de conversación más mundano. El género roadmovie ampara una mayor intimidad a los personajes, despojándoles de artificios y les dota de una naturalidad sublime que cautiva al público con verdad y costumbrismo.

El filme demuestra sazón y una confección excelsa del director. En lo emocional, alcanza su plano cenital cuando ambos personajes rememoran su noviazgo adolescente; en lo social, es un retrato de la insatisfacción de la generación que actualmente circunda los cuarenta, generación que constantemente tiene que reinventarse ya que no tiene nada resuelto y lo tiene todo por hacer.

David Trueba es uno de los cineastas más sinceros para retratar la vida tal cual es, sin filigranas. Su maestría hace dirigir el silencio de los actores como si hablaran en voz alta.

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