“Lady Macbeth”: la ferocidad del deseo desatado

Lady-Macbeth01Con historias de este tipo conviene ser claro: Una boda, un primer plano de la novia, miradas de soslayo, nada acerca del esposo. El dormitorio de noche; la novia, una muchacha apenas, en camisón. Entra el marido, la ternura reducida a un listado de normas maritales. El camisón que cae. Un cuerpo joven y desnudo en su noche de bodas, otro cuerpo que le da de lado.

Las primeras lineas de una novela, decía Gabriel García Márquez, tienen que definir la novela, el resto es gozar del hecho de escribir. Las primeras escenas de una película han de dejar bien claro al espectador qué es lo que va a contemplar durante la próxima hora y media, si no más. En este caso no hay duda: un relato sobre el desprecio y sus consecuencias, sobre el ciclo incontrolable del mal una vez que se pone en movimiento.

Lady Macbeth, opera prima de William Oldroyd, es una inteligente adaptación del relato de Nikolái Leskov (Lady Macbeth en Mtsensk). En ella se nos narra con gran economía de medios, el proceso de degradación moral que conduce a una mujer desde la inocencia hasta la tiranía, por obra y desgracia de eso que se ha dado en llamar violencia de baja intensidad y que no es otra cosa que el menosprecio y la cosificación del prójimo, en este caso prójima.

Katherine, la protagonista, es anulada desde los primeros planos como ser humano y reducida a una condición de poco más que ganado de cría. Su suegro se lo expone con brutalidad: “Mi hijo te compró junto con un terreno que no sirve ni para pasto”. Es a partir de la constatación de esa realidad, y por pura supervivencia, como descubre la ferocidad de unos instintos hasta entonces adormecidos en la rutina y el tedio. En ese continuo alimentarse con lo amargo de la vida Katherine apenas ha superado un estado poco menos que animal. El descubrimiento del deseo la lanzará entonces en busca de una felicidad brutal, ante la que ni los inexistentes remordimientos, ni la vida (de otros, claro)  podrán frenar su avance.

Lady-Macbeth02En este sentido, Lady Macbeth es una historia que produce una interesante reflexión. El papel de Katherine, al ser víctima y verdugo, fruto y generadora de injusticia, adquiere una dimensión extraña, desoladora, en su humano egoísmo. Tan imposible es no sentir lástima por ella como no horrorizarse por sus actos.  Empujada a la soledad, esta Lady Macbeth de provincias se transforma en un depredador de ferocidad salvaje.

El relato original plantea, hasta el extremo, cuales son las consecuencias de privar de felicidad a una persona saludable, inteligente y con toda la vida por delante; pero aparte de ser un estudio sobre los límites morales del deseo Lady Macbeth es también un estudio sobre el papel de la educación (en este caso inexistente) como control de los impulsos primarios, sobre donde se encuentra la barrera que separa lo justificable para lograr un fin y lo que entra en la categoría de lo lesivo; más aún, sobre la naturaleza misma de los medios lícitos para alcanzar un fin. No olvidemos que Leskov lo escribe en la segunda mitad del siglo XIX, con el empeño que ponía por aquel entonces la Intelligentsia rusa en tratar de reformar las costumbres de su pueblo.

Lady-Macbeth05William Aldroyd se sirve de un puñado de buenos actores y de una parca puesta en escena para traslucir la frialdad y dureza de las relaciones humanas de ese mundo mezquino y aislado, reflejo del medio rural inglés de finales del siglo XIX, y logra con ello un más que aceptable debut cinematográfico. Aldroyd, formado en el teatro, ha sabido transmitir la angustia de la cotidianidad forzosa en la que vive la protagonista recurriendo a una atmósfera opresiva, de inquietante inacción, en donde el espectador queda atrapado, mudo e incómodo espía de la bajeza humana.

Ojo a Florence Plugh, la actriz protagonista, porque dará mucho de que hablar. Sin apenas discordancias transmite cuantos rasgos necesitamos saber del personaje: la inocente frescura de su juventud, la morbidez de la carne, la pereza del aislamiento, el espíritu caprichoso, la lujuria, el odio macerado en silencio y por último el vacío moral de quien ha descubierto que el poder de la violencia lo justifica todo.

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