“David Lynch, the Art Life”: una vida sencilla, un arte sin concesiones

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El que espere un documental que explique la génesis de las películas de David Lynch, capaz de establecer las claves de un cine tan personal como el suyo, que se prepare. The Art life no va de eso, no se trata de un reportaje de investigación sobre las mecánicas creativas de uno de los autores más influyentes del cine del último cuarto del siglo XX. No estamos ante la biografía de un cineasta, ni siquiera se trata de una biografía, a lo sumo es el capítulo de una biografía.

Porque, es bueno dejarlo claro, para Lynch el cine es únicamente uno de los múltiples campos en las que desarrollar su creatividad, posiblemente el que más prestigio le ha proporcionado, pero no el único. De hecho el documental se centra más es en la pintura que es donde en donde surgió su vocación artística y en donde actualmente sigue experimentando.

Rick Barnes, Jon Nguyen, Olivia Neergaard-Holm son los autores al alimón de este viaje a los orígenes del creador, dicho así, sin ampulosidad, sino por pura claridad descriptiva. Jon Nguyen tiene ya experiencia en el tema. Fue productor de otro documental sobre Lynch, Lynch One, realizado en 2007 y A Olivia Neergaard-Holm la conocemos por su trabajo como guionista en la sorprendente Victoria.

De ahí que durante hora y media contemplemos a un Lynch en plena faena, dedicado a lo que más le gusta, la pintura, mientras con escaso énfasis nos habla de una parte de su vida.

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Por ese repaso a su etapa pre-cinematográfica van desfilando historias y anécdotas de sus sencillos orígenes, de su familia – una familia cariñosa y de lo más normal– de su juventud de muchacho gamberro, de sus tempranas inquietudes artísticas, de la desorientación propia de cualquier adolescente y por último de la oportunidad en forma de Beca que sería el origen de su primer largometraje (Eraserhead, 1977).

El tono narrativo de David Lynch –como conversador, otra cosa es su cine– es cualquier cosa menos apasionado, y esa morosidad y falta de energía se transmite a la propia narrativa del documental, que yuxtapone sin ritmo alguno una imagen tras otra de un artista enfrascado en sus pinceles, o de deslucidas fotografías o material de archivo. Para los admiradores incondicionales de la obra de Lynch basta con esto para aproximarse al personaje, pero para el gran público, por naturaleza veleidoso en sus pasiones, la historia, si es que se trata de una historia, pierde pronto interés.

Tratar de entender a un artista a través de la mera descripción de su trabajo responde a una metodología que elude la pregunta y que resulta bastante limitado en cuanto a posibles resultados. Pretender que al contemplar el trabajo cotidiano de cualquiera durante apenas hora y media nos lleve a comprender los entresijos de sus creaciones es pretender demasiado de cualquier espectador. A lo sumo entenderemos parte de su técnica, en este caso pictórica, y ciertas constantes en su cine, como ese lazo nunca roto con las manualidades, con la sencillez y tosquedad del taller, y con lo orgánico; pero desde luego, sin un apunte crítico, sin una orientación o intencionalidad expositiva un documental como este se convierte en una mera sucesión de momentos, un cine-Ikea sin hoja de instrucciones que sólo proporciona las piezas para que cada cual se monte su propio mueble.

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No obstante el espectador perspicaz descubrirá en The Art Life algunas claves de la obra cinematográfica del autor de Mullholland Drive. Por ejemplo la importancia del mundo interior como fuente quasi única de inspiración. Lynch insiste mucho, pero sin apenas darle importancia, en lo reducido de su mundo físico a lo largo de la infancia y la adolescencia: dos calles de barrio en una pequeña ciudad, un apartamento en Filadelfia, un Establo en California. Como si su propio universo, complejo, mutable y de una violencia contenida, bastara para llenar la curiosidad del artista en ciernes.

Un documental que aporta poco para conocer la obra de Lynch y bastante para conocer su vida y la importancia de aquellos que más le influyeron. The Art Life habla de eso precisamente, del anhelo temprano, tras contemplar el taller de un artista local, Robert Henri, de vivir de acuerdo a las condiciones del Arte, de sus exigencias, sacrificios y satisfacciones.

Entre las frases que se van deshilachando a lo largo del documental Lynch comenta que el tiempo se encarga de colorear la creación artística. Somos muchos los que aún reconociendo lo inclasificable de este creador lo recordaremos siempre como el director de obras maestras como Terciopelo azul o El hombre elefante.

Es difícil precisar el color con el que el tiempo ha teñidoestas y otras películas de David Lynch. En cierto sentido su cine siempre ha estado marcado por un aire de nostalgia, que quizá la orfandad que produce en el espectador la falta de nuevas obras no hace más que acentuar.

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