“Una pastelería en Tokio” nos enseñó a hacer dorayakis con esmero en la SEMINCI

Una-pastelería-en-TokioEl segundo día de la SEMINCI nos encontramos, aquellos que decidimos madrugar,  con “An” (Una pastelería en Tokio), una película tan deliciosa como los dorayakis que nos quiere enseñar a hacer.  El film es el décimo de su directora Naomi Kawase, quien fue distinguida en esta edición con la Espiga a mejor director/a.

“Una pastelería en Tokio” es hermosa, bella, como la delicada flor del cerezo —omnipresente en toda la película—, es un canto a la libertad y un recordatorio de lo importante que es saber y querer disfrutar de la vida y de las pequeñas cosas que esta nos ofrece, como los rayos de sol que se dejan colar entre las hojas de los árboles o el sabor dulce del anko  —una especie de crema de judías –. A parte defiende la idea de que nunca es tarde para cumplir un sueño y de que hay que buscar nuestro propio camino en la vida. Es un cuento, una parábola, una película llena de moralina y de esperanza, que se recrea en la propia belleza de sus imágenes – largos planos de árboles mecidos por el viento–, y en el placer de cocinar lento y de disfrutar del proceso.

La película es una adaptación de la novela homónima del escritor Durian Sukegawa y se centra en una historia simple en apariencia – la anciana encantadora y llena de esa sabiduría de la vida dada por una larga existencia, quien enseña una valiosa lección a los más jóvenes–. En originalidad no mata, pero el producto destaca.  Tres personajes, apartados de la sociedad – idea recurrente en la directora–, de tres generaciones completamente diferentes comparten el peso de toda la película de una forma brillante, mientras nos hablan de la soledad, la compasión y la comprensión.  Eso sí, acompañados de una fotografía preciosa y luminosa donde destacan esos cerezos en flor, o sin flor, de los que ya he hablado. Es una película tranquila, de ritmo relajado, no nos altera, ni nos da sustos, aunque si nos conmueve profundamente.

Si la tuviera que dar un pero, que sí se lo voy a dar, es que es muy larga y la historia no da para los 113 minutos que dura. No quiero soltar spoilers, pero si hubiera acabado en un punto anterior del metraje, que parecía un final realmente, hubiera sido una película redonda en mi humilde opinión. Sin embargo, los últimos minutos repiten, sin especial novedad, todo lo que ya nos habían contado tan maravillosamente.

Tierna, divertida, sin cebarse a degüello en el dramatismo y eso que podría –trata un tema muy duro–, es una de esas joyitas que descubres en la SEMINCI.

Sinopsis: Tokue (Kirin Kiki), a pesar de su avanzada edad y del estado de sus manos, quiere trabajar en la pastelería que regenta Sentaro (Masatoshi Nagase), un hombre excesivamente serio y cabizbajo. El pastelero en un principio no quiere contratarla, hasta que prueba su maravilloso anko. A partir de ahí no solo Tokue y Sentaro se hacen amigos, sino que el negocio empieza a ser todo un éxito, desgraciadamente no todo podía ser tan bonito.

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